Documentación básica para el diálogo religioso de la Iglesia católica con el Judaísmo I

 

Congregación de la Religiosas de Nuestra Señora de Sión

Presentación

La presente publicación contiene la documentación básica para la comprensión y la práctica del diálogo religioso de la Iglesia con el Judaísmo. Seleccionamos los textos oficiales que pueden fundamentar el trabajo de la catequesis cristiana a la luz de la nueva posición de la Iglesia con relación al pueblo de Israel.

Los mitos y las ideologías antisemitas tratan de oscurecer el cuadro de nuestra historia salvífica, desfigurando la imagen de la religión y de la vida del pueblo judío que fue y será siempre amado por Dios. Entre nosotros, la enseñanza del desprecio, denunciado en la década del 40 por Jules Isaac, no debe tener más lugar. Los nuevos y positivos abordajes cristianos al judaísmo y al pueblo judío dan testimonio de ello.

Es tarea de la catequesis bien orientada establecer criterios para un juicio objetivo y sano del papel providencial que ese pueblo es llamado a ejercer en el plano de la salvación. Anulando los prejuicios tendenciosos y excluyentes, se debe guiar sólo por la verdad histórico-teológica, a partir de una lectura profunda y clara de la Biblia.

Que todos podamos —sacerdotes, educadores, catequistas, dirigentes de comunidades y agentes de pastoral— fundamentar nuestro esfuerzo de educación de la fe en los subsidios doctrinales que nos ofrecen los documentos presentados aquí. Así estaremos, según el consejo del Eclesiástico (24, 33-34), derramando la enseñanza como una profecía y saboreando la alegría de transmitir a las generaciones futuras la luz radiante de la verdad, de la justicia y del amor.

28 de octubre de 1995

Congregación de Nuestra Señora de Sión

 

 

DECLARACIÓN “NOSTRA AETATE” SOBRE LAS RELACIONES DE LA IGLESIA CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS

PAULO OBISPO, Siervo de los Siervos de Dios, juntamente con los Padres del Concilio para perpetuo recuerdo.

[Proemio]

  1. En nuestra época, en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas. En su misión de fomentar la unidad y la caridad entre los hombres y, aun más, entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad.

Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la haz de la tierra,1 y tienen también el fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos, 2 hasta que se unan los elegidos en la ciudad santa, que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos caminarán bajo su luz.3

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?

[Las diversas religiones no cristianas]

  1. Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentran en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con un íntimo sentido religioso. Las religiones, al tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con lenguaje más elaborado. Así, en el hinduismo, los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición, ya sea mediante las modalidades de la vida ascética, ya sea a través de profunda meditación, ya sea buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado, puedan adquirir, ya sea el estado de perfecta liberación, ya sea la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos o apoyados en un auxilio superior. Así también las demás religiones que se encuentran por todo el mundo se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.

La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas. 4

Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales, que en ellos existen.

[La religión del Islam]

  1. La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, 5 que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios reunirá a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno.

Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren sinceramente una mutua comprensión, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos los hombres.

[La religión judía]

  1. Al investigar el misterio de la Iglesia, este sagrado Concilio recuerda el vínculo con que el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham.

Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, 6 están incluidos en la vocación del mismo patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de la esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo, en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles.7 Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra Paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo.8

Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita,9 gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión. 10 No obstante, según el Apóstol, los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. 11 La Iglesia, juntamente con los profetas y el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre (Sof 3, 9). 12

Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue, sobre todo, por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.

Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo,13 sin embargo, lo que en su pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar cosa que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, tanto en la catequesis como en la predicación de la palabra de Dios.

Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.

Por lo demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente, y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte por los pecados de

 

todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.

[La fraternidad universal y la exclusión de toda discriminación]

  1. No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura, el que no ama, no ha conocido a Dios (1 Jn 4, 8).

Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.

La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, observando… en medio de las naciones una conducta ejemplar (1 Ped 2, 12), si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, 14 para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.15

Todas y cada una de las cosas incluidas en esta declaración han obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, declaramos y establecemos, y mandamos que se promulgue para gloria de Dios cuanto se ha acordado conciliarmente.

En Roma, en San Pedro, 28 de octubre de 1965.

Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia católica.

  1. Cf. Hech 17, 26.
  2. Cf. Sap 8, 1; Hech 14, 17; Rom 2, 6-17; 1 Tim 2, 4.
  3. Cf. Apoc 21, 23s.
  4. Cf. 2 Cor 5, 18-19.
  5. Cf. San Gregorio VII, Epit. III, 21 ad Anazir (Al-Nacir), rey de Mauritania, ed. E. Caspa en MGH, Ep. sl. II (1920) I p. 288, 11-15; PL 148, 451ª.
  6. Cf. Gál 3, 7.
  7. Cf. Rom 11, 17-24.
  8. Cf. Ef 2, 14-16.
  9. Cf. Lc 19, 42.
  10. Cf. Rom 11, 28.
  11. Cf. Rom 11, 28-29; Conc. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium: AAS 57 (1965) 20.
  12. Cf. Is 66, 23; Sal 65, 4; Rom 11, 11-32.
  13. Cf. Jn 19, 6.
  14. Cf. Rom 12, 18.
  15. Cf. Mt 5, 45.

 

 

 

 

ORIENTACIONES Y SUGERENCIAS PARA LA APLICACIÓN DE LA DECLARACIÓN CONCILIAR NOSTRA AETATE

El Documento que hoy presentamos fue publicado por la “Comisión Pontificia para las relaciones religiosas con los judíos” a finales de 1974 y viene a completar en el terreno práctico la Declaración Nostra aetate del Vaticano II.

También este Documento ha tenido historia. Su origen hay que ponerlo en el Documento elaborado por la reunión internacional de expertos sobre judaísmo convocada en abril de 1969 por “The Vatican Office for Catholic-Jewish Relations” y su entonces director P. Cornelius Rilk.

Tras unos meses de silencio el “Secretariado para las relaciones entre Católicos y Judíos” de Norteamérica que presidía el Cardenal Shehan de Baltimore, lo hizo público. Constituye la base de las presentes ORIENTACIONES Y SUGERENCIAS.

La Declaración Nostra aetate, de fecha 28 de octubre de 1966 “sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas” (número 4) marca un hito importante en la historia de las relaciones entre judíos y católicos.

Por lo demás, la iniciativa conciliar está enmarcada en un contexto profundamente modificado por el recuerdo de las persecuciones y matanzas sufridas por los judíos en Europa inmediatamente antes y durante la segunda guerra mundial.

A pesar de que el cristianismo haya nacido dentro del judaísmo y haya recibido de él algunos elementos esenciales de su fe y de su culto, la fractura se ha hecho cada vez más honda, hasta el punto de llegar casi a una mutua incomprensión.

Al cabo de dos milenios, caracterizados demasiado a menudo por la ignorancia mutua y frecuentes enfrentamientos, la Declaración Nostra aetate brindaba la ocasión de hablar o proseguir un diálogo con miras a un mejor conocimiento recíproco. Durante los nueve años transcurridos, a partir de la promulgación de la Declaración, se han emprendido numerosas iniciativas en distintos países. Estas han consentido desentrañar mejor las condiciones, dentro de las cuales es posible elaborar y fomentar nuevas relaciones entre judíos y cristianos.

Parece que ha llegado el momento de proponer, siguiendo las orientaciones del Concilio, algunas sugerencias concretas, basadas en la experiencia, con la esperanza de que sirvan para tratar de hacer realidad en la vida de la Iglesia los propósitos expuestos en el Documento conciliar.

Partiendo de dicho Documento, aquí hay que recordar solamente que los vínculos espirituales y las relaciones históricas que unen a la Iglesia con el judaísmo condenan como contrarias al espíritu mismo del cristianismo todas las formas de antisemitismo y discriminación, cosa que de por sí la dignidad de la persona humana basta para condenar. Con mayor razón, estos vínculos y relaciones imponen el deber de una mejor comprensión recíproca y de una renovada estima mutua. De manera positiva es importante, pues, concretamente, que los cristianos procuren entender mejor los elementos fundamentales de la tradición religiosa hebrea y que capten los rasgos esenciales con que los judíos se definen a sí mismos a la luz de su actual realidad religiosa.

De acuerdo con estas consideraciones de principios, proponemos sencillamente algunas primeras aplicaciones prácticas en varios sectores esenciales de la vida de la Iglesia, con miras a iniciar o a fomentar de manera sana las relaciones entre los católicos y sus hermanos hebreos.

Diálogo

En realidad, hay que reconocer que las relaciones entre hebreos y cristianos, cuando las ha habido, no han superado generalmente el monólogo; lo importante ahora es entablar un verdadero diálogo.

El diálogo presupone un deseo mutuo de conocerse y de ampliar e intensificar este conocimiento. Constituye un medio privilegiado para facilitar un mejor conocimiento mutuo y, concretamente en el caso del diálogo entre judíos y cristianos, para conocer más a fondo las riquezas de la propia tradición. Condición para el diálogo es respetar al interlocutor tal como es y, sobre todo, respetar su fe y sus convicciones religiosas.

En virtud de su misión divina, la Iglesia tiene por su naturaleza el deber de proclamar a Jesucristo en el mundo (Ad gentes, 2). Para evitar que este testimonio de Jesucristo pueda parecer a los judíos una agresión, los católicos procurarán vivir y proclamar su fe respetando escrupulosamente la libertad religiosa tal como la ha enseñado el Concilio Vaticano II (Declaración Dignitatis humanae). Deberán esforzarse, asimismo, por comprender las dificultades que el alma hebrea experimenta ante el misterio del Verbo encarnado, dada la noción tan alta y pura que ella tiene de la trascendencia divina.

Si bien es verdad que en este terreno reina todavía un clima de recelo bastante extendido, motivado por un pasado deplorable, los cristianos, por su lado, han de saber reconocer su parte de responsabilidad y sacar las consecuencias prácticas para el futuro.

Además de las reuniones fraternas, se estimulará también el encuentro de especialistas, con miras a estudiar los múltiples problemas relacionados con las convicciones fundamentales del judaísmo y del cristianismo. Gran apertura de espíritu, prevención contra los propios prejuicios y tacto; tales son las cualidades indispensables para no herir, ni siquiera involuntariamente, a los interlocutores.

Si las circunstancias lo permiten y es deseable por ambas partes, podrá facilitarse un encuentro común ante Dios, en la oración y la meditación silenciosa, ya que éste es muy eficaz para obtener la humildad y la apertura de espíritu y de corazón, tan necesarias para el conocimiento profundo de sí mismo y de los demás. Las grandes causas, como son las de la justicia y de la paz, podrían ofrecer la ocasión para dar vida a tales encuentros.

Liturgia

Deberán recordarse los vínculos existentes entre la liturgia cristiana y la liturgia judía. La comunidad de vida al servicio de Dios y de la humanidad por amor a Dios, tal como se realiza en la liturgia, es una característica tanto de la liturgia judía como de la cristiana. Para las relaciones judeo-cristianas es necesario conocer los elementos comunes de la vida litúrgica (fórmulas, fiestas, ritos, etc.), en los que la Biblia ocupa un lugar esencial.

Deberá hacerse un esfuerzo por comprender mejor lo que en el Antiguo Testamento conserva su valor propio y perenne (cf. Dei Verbum 14-15); porque este valor no ha sido anulado por la interpretación posterior del Nuevo Testamento que, al contrario, le da su significado pleno, recibiendo a su vez luz y explicación (cf. ib. 16). La importancia de esto es tanto mayor en cuanto que la reforma litúrgica pone a los cristianos cada vez más en contacto con los textos del Antiguo Testamento.

 

 

Al comentar los textos bíblicos, sin minimizar los elementos originales del cristianismo, se pondrá de relieve la continuidad de nuestra fe con relación a la de la antigua Alianza, a la luz de las promesas. Nosotros creemos que éstas se han cumplido con la primera venida de Cristo, pero no es menos cierto que estamos esperando todavía su perfecto cumplimiento, que se realizará cuando él vuelva glorioso al final de los tiempos.

En cuanto a las lecturas litúrgicas, se deberá darles, en las homilías, una justa interpretación, sobre todo si se trata de pasajes que parecen ofrecer una imagen desfavorable del pueblo judío como tal. Habrá que esforzarse por instruir al pueblo cristiano de manera que llegue a comprender todos los textos en su justo sentido y en su verdadero significado para el creyente de hoy.

Las comisiones encargadas de las traducciones litúrgicas pondrán especial cuidado en la versión de las expresiones y los pasajes que puedan ser entendidos de manera tendenciosa por los cristianos no suficientemente informados. Es evidente que no pueden cambiarse los textos bíblicos, pero sí se puede, en las versiones destinadas al uso litúrgico, hacer explícito el significado del texto, teniendo en cuenta los estudios de los exégetas.

Las observaciones anteriores hay que aplicarlas también a las introducciones de las lecturas bíblicas, de la “Oración de los fieles” y a los comentarios incluidos en los misales de los fieles.

Enseñanza y educación

Aunque todavía queda mucho trabajo por hacer, se ha llegado en los últimos años a una mejor comprensión del judaísmo y de su relación con el cristianismo, gracias a las enseñanzas de la Iglesia, a los estudios e investigaciones de los especialistas y también al diálogo iniciado. A este respecto merecen recordarse los puntos siguientes:

  • El mismo Dios, “inspirador y autor de los libros de ambos Testamentos” (Dei Verbum 16), es quien habla en la antigua y en la nueva Alianza.
  • El judaísmo de tiempo de Cristo y de los Apóstoles era una realidad compleja, que englobaba todo un mundo de tendencias, de valores espirituales, religiosos, sociales y culturales.
  • El Antiguo Testamento y la tradición judía en él fundada no deben considerarse opuestos al Nuevo Testamento, como si constituyesen una religión solamente de justicia, de temor y legalismo, sin referencia al amor de Dios y del prójimo (cf. Deut 6, 5; Lev 19, 18; Mt 22, 34-40)
  • Jesús, lo mismo que sus apóstoles y gran parte de sus primeros discípulos, nació del pueblo judío. Él mismo revelándose como Mesías e Hijo de Dios (cf. Mt 16,16) portador de un mensaje nuevo, el Evangelio, se presentó como el cumplimiento y la perfección de la revelación anterior. Y aunque la enseñanza de Jesucristo tiene un carácter de profunda novedad, no por eso deja de apoyarse, repetidas veces, en la doctrina del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento está profundamente marcado todo él por su relación con el Antiguo. Como ha declarado el Concilio Vaticano II: “Dios, inspirador y autor de los libros de ambos Testamentos, lo hizo sabiamente, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera al Antiguo” (Dei Verbum, 16). Además, Jesús emplea métodos de enseñanza similares a los de los rabinos de su tiempo.
  • En cuanto al proceso y muerte de Jesús, el Concilio ha recordado que “lo que se perpetró en la Pasión no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy” (Nostra aetate, 4).
  • La historia del judaísmo no termina con la destrucción de Jerusalén, sino que ha seguido adelante desarrollando una tradición religiosa, cuyo alcance, si bien asumiendo, a nuestro parecer, un significado profundamente diferente después de Cristo, sigue, no obstante, siendo rico en valores religiosos.
  • Junto con los profetas y el apóstol Pablo, “la Iglesia espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y ‘lo servirán como un solo hombre’ (Sof 3, 9)” (Nostra aetate, 4).

La información acerca de estas cuestiones debe ser impartida a todos los niveles de enseñanza y educación del cristiano. Entre los medios de información, revisten particular importancia los siguientes:

  • manuales de catequesis:
  • libros de historia;
  • medios de comunicación social (prensa, radio, cine, TV).

El empleo eficaz de estos medios presupone una específica formación de los profesores y de los educadores en las escuelas así como en los seminarios y en las universidades.

Se fomentará la investigación por parte de los especialistas acerca de los problemas que atañen al hebraísmo y las relaciones judeo-cristianas especialmente en el ámbito de la exégesis, de la teología, de la historia y de la sociología. Los institutos católicos superiores de otras instituciones cristianas análogas, así como los especialistas, están invitados a contribuir a la solución de tales problemas. Donde sea posible se crearán cátedras de estudios judíos y se estimulará la colaboración con expertos judíos.

Acción social y común

La tradición judía y cristiana, fundada en la Palabra de Dios, es consciente del valor de la persona humana, imagen de Dios. El amor al mismo Dios debe traducirse en una acción efectiva a favor de los hombres. De acuerdo con el espíritu de los profetas, judíos y cristianos colaborarán gustosos para la consecución de la justicia social y de la paz, a nivel local, nacional e internacional.

Esta acción común puede fomentar al mismo tiempo un mayor conocimiento y estima recíproca.

Conclusión

El Concilio Vaticano II ha indicado el camino que hay que seguir para promover una profunda fraternidad entre judíos y cristianos. Pero queda todavía por recorrer mucho camino.

El problema de las relaciones entre judíos y cristianos interesa a la Iglesia como tal, pues es “escrutando su propio misterio” como ella se plantea el misterio de Israel. Un problema que sigue teniendo toda su importancia, aun en las regiones donde no hay ninguna comunidad hebrea. Este problema tiene asimismo un aspecto ecuménico: el

 

 

 

retorno de los cristianos a las fuentes y a los orígenes de su fe, injertada en la Antigua Alianza contribuye a la búsqueda de la unidad en Cristo piedra angular.

En este sentido los obispos sabrán adoptar las medidas pastorales oportunas, dentro del marco de la disciplina general de la Iglesia y de la doctrina comúnmente profesada por su magisterio. Crearán, por ejemplo, a nivel nacional y regional, comisiones o secretariados apropiados, o nombrarán a una persona competente encargada de promover la aplicación de las directrices conciliares y de las sugerencias aquí propuestas.

En el plano de la Iglesia universal, el Santo Padre ha constituido, con fecha 22 de octubre de 1974, anexa al Secretariado para la Unión de los Cristianos, una “Comisión especial para las relaciones religiosas con el judaísmo”. Creada con miras a promover y estimular relaciones religiosas entre judíos y católicos en colaboración eventual con otros cristianos, esta comisión especial, dentro de los límites de su competencia, está a disposición de todos los organismos interesados, para informarlos y ayudarlos a realizar su cometido en conformidad con las directrices de la Santa Sede, ésta desea incrementar dicha colaboración para poner en práctica de manera efectiva y justa las orientaciones del Concilio.

Cardenal Jan WILLEBRANDS

Roma, 1 de diciembre de 1974

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS PARA UNA CORRECTA PRESENTACIÓN DE JUDÍOS Y JUDAÍSMO EN LA PREDICACIÓN Y LA CATEQUESIS DE LA IGLESIA ROMANA

Consideraciones preliminares

El Papa Juan Pablo II decía, en marzo de 1982, a los delegados de las Conferencias episcopales y otros expertos, reunidos en Roma para estudiar las relaciones entre Iglesia y Judaísmo: “… os habéis interesado, durante vuestra reunión, de la enseñanza católica y de la catequesis, en relación con los judíos y el Judaísmo… Se debería llegar a que esta enseñanza, en los diversos niveles de formación religiosa, y en la catequesis impartida a niños y adolescentes, presentara a los judíos y el judaísmo, no sólo de manera honesta y objetiva, sin ningún prejuicio y sin ofender a nadie, sino mejor todavía con una conciencia viva de la herencia” común a judíos y cristianos.

En este texto, tan denso de contenido, el Papa se inspiraba visiblemente en la Declaración conciliar Nostra aetate, 4, donde se dice:

“Por consiguiente, procuren todos no enseñar cosa alguna que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, tanto en la catequesis como en la predicación de la palabra de Dios”. Tenía también presentes estas palabras: “Como es tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos”.

Igualmente, las “Orientaciones y Sugerencias para la aplicación de la Declaración conciliar Nostra aetate, 4″ concluyen el capítulo III, intitulado “Enseñanza y Educación”, donde se enumeran una serie de indicaciones concretas destinadas a ser puestas en práctica en uno y otro campo, con esta recomendación:

 

 

“La información acerca de estas cuestiones debe ser impartida a todos los niveles de enseñanza y educación del cristiano. Entre los medios de información, revisten particular importancia los siguientes:

– Manuales de catequesis.

– Libros de historia.

– Medios de comunicación social (prensa, radio, cine, TV).

El empleo eficaz de estos medios presupone una específica formación de los profesores y de los educadores en las escuelas, así como en los Seminarios y Universidades” (AAS 77, 1975, p. 73).

Los párrafos que siguen se proponen servir a este propósito.

I Enseñanza religiosa y Judaísmo

  1. En la Declaración conciliar Nostra aetate, 4, el Concilio habla del “vínculo” que une “espiritualmente” a cristianos y judíos, así como del “gran patrimonio espiritual común” a ambos, y afirma todavía que “la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los profetas, conforme al misterio salvífico de Dios”.
  2. En razón de estas relaciones únicas, existentes entre Cristianismo y Judaísmo, “vinculados en el nivel mismo de su propia identidad” (Juan Pablo II, discurso del 6 de marzo de 1982), relaciones “fundadas en el designio del Dios de la Alianza”(ib), los judíos y el Judaísmo no deberían ocupar un lugar tan solo marginal y ocasional en la catequesis (y la predicación). Su presencia indispensable debe ser en ella integrada de manera orgánica.
  3. Este interés por el judaísmo en la enseñanza católica no tiene solamente un fundamento histórico o arqueológico. Como decía el Santo Padre, en el discurso varias veces citado, después de mencionar el “patrimonio común” entre Iglesia y Judaísmo, que es “considerable”: “Hacer el inventario de este patrimonio en sí mismo, pero también teniendo en cuenta la fe y la vida religiosa del pueblo judío, tal como se la practica hoy, puede ayudar a entender mejor determinados aspectos de la vida de la Iglesia”. Se trata por consiguiente de una preocupación pastoral por una realidad siempre viva, en estrecha relación con la Iglesia. El Santo Padre ha presentado esta realidad permanente del pueblo judío con una notable fórmula teológica, en su alocución a los representantes de la comunidad judía de Alemania Federal, en Maguncia, el 17 de noviembre de 1980: “…el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, nunca revocada…
  4. Es preciso referir ya aquí el texto en el cual las “Orientaciones y sugerencias” han procurado definir la condición fundamental del diálogo: “Respetar al interlocutor tal como es”, “entender mejor los elementos fundamentales de la tradición religiosa judía” y además, procurar “captar los rasgos esenciales con que los judíos se definen a sí mismos a la luz de su actual realidad religiosa”(Intr.).
  5. La singularidad y la dificultad de la enseñanza cristiana acerca de los judíos y el Judaísmo consisten sobre todo en la exigencia de retener a la vez ambos términos de varias expresiones dobles, en las que se expresa la conexión entre las dos economías del Antiguo y del Nuevo Testamento:
  • Promesa y cumplimiento.
  • Continuidad y novedad.
  • Singularidad y universalidad.
  • Unicidad y ejemplaridad.

Importa que el teólogo o el catequista que quiera tratar de este tema, se preocupe de hacer ver, en la práctica misma de su enseñanza que:

  • La promesa y el cumplimiento se iluminan mutuamente.
  • La novedad consiste en una transformación de lo que ya existía antes.
  • El carácter singular del pueblo del Antiguo Testamento no es exclusivo, sino que está abierto, en la visión divina, a una extención universal.
  • El carácter unido de ese mismo pueblo existe en función de una ejemplaridad.
  1. Finalmente, “en este campo, la imprecisión y la mediocridad causarían grave daño” al diálogo judeo-cristiano (Juan Pablo II, discurso del 6 de marzo de 1982). Pero sobre todo dañarían, puesto que se trata de enseñanza y educación, a la “propia identidad”cristiana (ib.).
  2. “En virtud de su misión divina, la Iglesia” que es “el auxilio general de salvación” y en quien se encuentra “la total plenitud de los medios de salvación”(Unitatis redintegratio, 3), “tiene por naturaleza el deber de proclamar a Jesucristo en el mundo”(Orientaciones y sugerencias, 1). En efecto, creemos que es por él que vamos al Padre (cf. Jn 14, 6), y que “la vida eterna es que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”(Jn 17, 3).

Jesús afirma (ib. 10, 16) que “habrá un solo rebaño y un solo pastor”. Iglesia y Judaísmo no pueden así ser presentados como dos vías paralelas de salvación, y la Iglesia debe dar testimonio de Cristo redentor a todos, “respetando escrupulosamente la libertad religiosa tal como la ha enseñado el Concilio Vaticano II (Declaración Dignitatis humanae)” (Orient. y Sug., 1).

  1. La urgencia y la importancia de una enseñanza precisa, objetiva y rigurosamente exacta acerca del Judaísmo, a nuestros fieles, se deduce también del peligro de un antisemitismo siempre a punto de reaparecer bajo rostros diferentes. En esto, no se trata solamente de erradicar, en nuestros fieles, los restos de antisemitismo que se encuentran todavía aquí y allí, sino mucho más de suscitar en ellos, mediante la tarea educativa, un conocimiento exacto del “vínculo” (cf. Nostra aetate, 4) absolutamente único, que, como Iglesia, nos liga a los judíos y al Judaísmo. De este modo les enseñaríamos a apreciar y amar a aquellos que, elegidos por Dios para preparar la venida de Cristo, han conservado todo aquello que les fuera progresivamente revelado y otorgado en el curso de esta preparación, no obstante su dificultad en reconocer en él a su Mesías.

II Relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento

  1. Antes de referirse a cada uno de los acontecimientos de la historia, es preciso presentar la unidad de la Revelación bíblica (Antiguo y Nuevo Testamento) y del plan divino, a fin de subrayar bien que cada uno de ellos no adquiere su significación sino a la luz de la totalidad de esa historia, de la creación a la consumación. Ella concierne a todo el género humano y particularmente a los creyentes. De este modo, el sentido definitivo de la elección de Israel aparece solamente a la luz de la realización plena (Rom 9-11) y la elección en Jesucristo se comprende todavía mejor en relación con el anuncio y la promesa (cf. Heb 4, 1-11).

 

 

  1. Se trata sin duda de acontecimientos singulares que conciernen a una nación singular, pero que, en la intención de Dios que revela su propósito, están destinados a recibir un significado universal y ejemplar.

Se trata además de presentar los acontecimientos del Antiguo Testamento no como hechos que tocan solamente a los judíos, sino que nos afectan también personalmente. Abraham es de veras el padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 11-12; Canon romano: patriarchae nostri Abrahae). Y se nos dice (1 Cor 10, 1): “Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos atravesaron el mar”. Los patriarcas y los profetas y otras personalidades del Antiguo Testamento han sido y serán siempre venerados como santos en la tradición litúrgica de la Iglesia oriental como también de la Iglesia latina.

  1. De esta unidad del plan divino surge el problema de la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf. 1 Cor 10, 11); Heb 10, 1), y luego constantemente en su tradición, ha resuelto ese problema sobre todo con la ayuda de la tipología, lo cual subraya el valor primordial que el Antiguo Testamento debe tener en la perspectiva cristiana. No obstante, la tipología suscita en no pocos un malestar y ello es quizá indicio de un problema irresuelto.
  2. En el uso de la tipología, cuya doctrina y cuya práctica hemos recibido de la liturgia y de los Padres de la Iglesia, se tendrá cuidado, pues, de evitar toda transición del Antiguo al Nuevo Testamento que fuera considerada solamente como ruptura. La Iglesia, con la espontaneidad del espíritu que la anima, ha condenado enérgicamente la actitud de Marción* y se ha opuesto siempre a su dualismo.
  3. Interesa igualmente acentuar que la interpretación tipológica consiste en leer el Antiguo Testamento como preparación y, bajo ciertos aspectos, como esbozo y anuncio del Nuevo (cf. Heb 5, 5-10 etc.). Cristo es, a partir de éste, la referencia-clave de las Escrituras: “la roca era Cristo” (1 Cor 10, 4).
  4. Es entonces verdad, y es preciso asimismo subrayarlo, que la Iglesia y los cristianos leen el Antiguo Testamento a la luz del acontecimiento de Cristo, muerto y resucitado, y que, por este motivo, hay una lectura cristiana del Antiguo Testamento que no coincide necesariamente con la lectura judía. De este modo, identidad cristiana e identidad judía deben ser cuidadosamente distinguidas en sus respectivas lecturas de la Biblia. Pero esto nada quita del valor del Antiguo Testamento en la Iglesia ni impide que los cristianos puedan a su vez aprovechar con discernimiento las tradiciones de la lectura judía.
  5. La lectura tipológica no hace más que manifestar las riquezas insondables del Antiguo Testamento, su contenido inagotable y el misterio del que está colmado. No debe hacer olvidar que conserva su valor propio de Revelación, que en Nuevo Testamento a menudo no hará más que resumir (cf. Mc 12, 29-31) por lo demás, el mismo Nuevo Testamento pide ser leído también a la luz del Antiguo. La catequesis primitiva recurrirá constantemente a él (cf. vgr. 1 Cor 5, 6-8; 10, 1-11).
  6. La tipología significa además la proyección hacia el cumplimiento del plan divino, cuando “Dios será todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). Esto vale también para la Iglesia, que, realizada ya en Cristo, no por eso deja de esperar su perfección definitiva, como Cuerpo suyo. El hecho de que el Cuerpo de Cristo tienda todavía hacia su estatura perfecta (cf. Ef 4, 12-13), nada detrae al valor del ser cristiano. Igualmente, la

 

vocación de los patriarcas y el Éxodo de Egipto no pierden su importancia y su consistencia propia en el plan de Dios porque son, a la par, etapas intermediarias de ese plan (cf. vgr. Nostra aetate, 4).

  1. El Éxodo, por ejemplo, representa una experiencia de salvación y de liberación que no se concluye en sí misma, sino al contrario, lleva en sí, además de su significación propia, el germen de un desarrollo ulterior. La salvación y la liberación han sido ya realizadas en Cristo y a la vez se realizan gradualmente por los sacramentos en la Iglesia.

Así se prepara el cumplimiento definitivo del plan de Dios, que espera entonces su definitiva consumación con el retorno de Jesús, como Mesías, por el cual rezamos cada día. El Reino, por el cual oramos igualmente todos los días, será entonces finalmente instaurado. Entonces, la salvación y la liberación habrán transformado en Cristo a los elegidos y a la totalidad de la creación (cf. Rom 8, 19-23).

  1. Además, al subrayar la dimensión escatológica del cristianismo, se adquirirá una más viva conciencia del hecho de que el pueblo de Dios de la antigua y de la nueva Alianza, tiende hacia metas análogas: la venida, o el retorno, del Mesías, aun se si parte de dos puntos de vista diferentes. Y nos daremos cuenta con mayor claridad de que la persona del Mesías, en relación con la cual el pueblo de Dios está dividido, es también para él un punto de convergencia (cf. “Sussidi per l’ecumenismo” de la diócesis de Roma, n. 140). Se puede así decir que judíos y cristianos se encuentran en una esperanza comparable, fundada sobre una misma promesa hecha a Abraham (cf. Gn 12, 1-3; Heb 6, 13-18).
  2. Atentos al mismo Dios que ha hablado, suspendidos a la misma palabra, nos corresponde dar testimonio de una misma memoria y de una común esperanza en Aquel que es el Señor de la historia. Deberíamos así asumir nuestra responsabilidad de preparar el mundo a la venida del Mesías, operando juntos por la justicia social, el respeto de los derechos de la persona humana y de las naciones, en orden a la reconciliación social e internacional. A ello somos impulsados, judíos y cristianos, por el precepto del amor del prójimo, una común esperanza del Reino de Dios y la gran herencia de los Profetas. Inculcada desde temprano por la catequesis, una concepción semejante educaría de manera concreta a los jóvenes cristianos a una relación de cooperación con los judíos, yendo más allá del simple diálogo (cf. Orient. y Sug. IV).

III Raíces judías del cristianismo

  1. Jesús era judío y no ha dejado nunca de serlo. Su ministerio se ha limitado, voluntariamente, a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15, 24). Jesús era plenamente un hombre de su tiempo y de su ambiente, el ambiente judío palestino del siglo primero d.C., cuyas angustias y esperanzas ha compartido. Esta afirmación no es más que una acentuación de la realidad de la Encarnación, y del sentido mismo de la historia de la salvación, como nos ha sido revelado en la Biblia (cf. Rom 1, 3-4; Gál 4, 4-5).
  2. La relación de Jesús con la ley bíblica y sus interpretaciones más o menos tradicionales son ciertamente complejas. Respecto de ella ha dado pruebas de una gran libertad (cf. las “antítesis” del Sermón de la Montaña: Mt 5, 21-48, con la debida consideración de las dificultades exegéticas; cf. también la actitud de Jesús ante una observancia rigurosa del sábado: Mc 3, 1-6, etc.).

 

 

Pero, por otra parte, no cabe duda de que quiere someterse a la ley (cf. Gál 4, 4), ha sido circuncidado y presentado al Templo, como cualquier otro judío de su tiempo (cf. Lc 2, 21. 22-24), y fue educado para observarla. Exhortaba a respetarla (cf. Mt 5, 17-20), e invitaba a obedecerla (cf. Mt 8, 4). El ritmo de su vida estaba marcado por la observancia de las peregrinaciones, con ocasión de las grandes fiestas, y ello desde su infancia (cf. Lc 2, 41-50; Jn 2, 13; 7, 10, etc.). Con frecuencia se ha notado, en el Evangelio de Juan, la importancia del ciclo de las fiestas judías (cf. 2, 13; 5, 1; 7, 2.10.37; 10, 22; 12, 1.13,1; 18, 28; 19, 42, etc.).

  1. Conviene notar todavía que Jesús enseña a menudo en las sinagogas (cf. Mt 4, 23; 9, 35; Lc 4, 15-18; Jn 18, 20 etc.) y en el Templo (cf. Jn 18, 20 etc.), que frecuentaba, como sus discípulos, incluso después de la resurrección (cf. vgr. Hech 2, 46; 3, 1; 21, 26, etc.). Ha querido insertar en el contexto del culto en la sinagoga la proclamación de su mesianidad (cf. Lc 4, 16-21). Pero sobre todo ha querido realizar el acto supremo del don de sí mismo en el marco de la liturgia doméstica de la Pascua, o por lo menos en el marco de la festividad pascual (cf. Mc 14, 1.12 y paralelos; Jn 18, 28). Y ello permite comprender mejor el carácter de “memoria” de la Eucaristía.
  2. El Hijo de Dios se ha encarnado así en un pueblo y una familia humana (cf. Gál 4, 4; Rom 9, 5), lo cual no quita nada al hecho de que haya nacido por todos los hombres, antes al contrario (alrededor de su cuna están los pastores judíos y los magos paganos: Lc 2, 8-20; Mt 2, 1-12); y de que haya muerto por todos (al pie de la cruz, de nuevo encontramos a los judíos, María y Juan entre ellos: Jn 19, 25-27, y los paganos, como el centurión: Mc 15, 39 y paralelos). De esta manera, Jesús ha hecho uno de los dos pueblos en su carne (cf. Ef 2, 14-17). Se explica entonces que hubiera, en Palestina y en otras partes, junto a la Ecclesia ex gentibus, una Ecclesia ex circumcisione, de la cual habla por ejemplo Eusebio (Hist. Eccl. IV, 5).
  3. Las relaciones de Jesús con los Fariseos no fueron siempre del todo polémicas. Hay de esto numerosos ejemplos:
  • Son fariseos quienes previenen a Jesús del peligro que corre (Lc 13, 31).
  • Fariseos son alabados, como el “escriba” de Mc 12, 34.
  • Jesús come con fariseos (Lc 7, 36; 14, 1).
  1. Jesús comparte, como la mayoría de los judíos palestinos de aquel tiempo, doctrinas propias de los fariseos: la resurrección de los cuerpos; las formas de piedad: limosna, oración, ayuno, (cf. Mt 6, 1-18; la costumbre litúrgica de dirigirse a Dios como Padre; la prioridad del precepto del amor de Dios y del prójimo (cf. Mc 12, 28-34). Lo mismo vale de Pablo (cf. vgr. Hech 23, 8), quien ha tenido siempre como un título honorífico su pertenencia al grupo fariseo (cf. ib. 23, 6; 26, 5; Flp 3, 5).
  2. Pablo, como por lo demás el mismo Jesús, ha utilizado métodos de lectura y de interpretación de la Escritura y de enseñanza a los propios discípulos, comunes a los fariseos de su tiempo, Es el caso del uso de las parábolas en el ministerio de Jesús,

 

 

 

como también del método, aplicado por Jesús y por Pablo, de sustentar una conclusión con una cita de la Escritura.

  1. Hay que notar todavía que los fariseos no son mencionados en los relatos de la Pasión. Gamaliel (cf. Hech 5, 34-39) toma la defensa de los Apóstoles en una reunión del Sanhedrín.

Una presentación exclusivamente negativa de los fariseos corre el riesgo de ser inexacta e injusta (cf. Orient. y Sug. Nota 1: AAS a, c., p. 76). Si se encuentran en los Evangelios y en otras partes del Nuevo Testamento toda clase de referencias desfavorables a los fariseos, es necesario verlas contra el telón de fondo de un movimiento complejo y diversificado. Las críticas contra tipos diferentes de fariseos no faltan por lo demás en las fuentes rabínicas (cf. Talmud de Babilonia, tratado Sotah 2 b, etc.). El “fariseísmo”, en sentido peyorativo, puede prosperar en cualquier religión.

Se puede también notar que, si Jesús se muestra severo con los fariseos, la razón es que, entre ellos y él, existe mayor proximidad que con los demás grupos judíos del mismo período (cf. supra n. 17).

  1. Todo esto debiera contribuir a hacer entender mejor la afirmación de San Pablo (Rom 2, 16ss) sobre la “raíz” y las “ramas”. La Iglesia y el cristianismo, con toda su novedad, encuentran su origen en el ambiente judío del primer siglo de nuestra era, y más profundamente todavía en el “plan de Dios”(Nostra aetate, 4), realizado en los patriarcas, Moisés y los profetas (ib.), hasta su consumación en Cristo Jesús.

IV Los judíos en el Nuevo Testamento

  1. Las “Orientaciones” decían ya (nota 1): “La fórmula ‘los judíos’en San Juan designa a veces, según los contextos, a ‘los jefes de los judíos’ o a ‘los adversarios de Jesús’, expresiones que formulan mejor el pensamiento del evangelista y evitan que dé la impresión de que se acusa al pueblo judío como tal”.

Una presentación objetiva del papel del pueblo judío en el Nuevo Testamento debe tomar en cuenta los siguientes datos:

  1. Los Evangelios son el fruto de una labor redaccional prolongada y complicada. La Constitución dogmática Dei Verbum, a la zaga de la Instrucción Sancta Mater Ecclesia de la Pontificia Comisión Bíblica, distingue en ella tres etapas: “Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas Iglesias, conservando siempre el estilo de la proclamación; así nos transmitieron datos auténticos y genuinos acerca de Jesús”(n. 19).

No se excluye entonces que algunas referencias hostiles o poco favorables a los judíos, tengan como su contexto histórico los conflictos entre la Iglesia naciente y la comunidad judía.

Ciertas polémicas reflejan la condición de las relaciones entre judíos y cristianos, bien posteriores a Jesús.

Esta comprobación tiene un valor capital si se quiere recabar el sentido de algunos textos de los Evangelios para los cristianos de hoy.

De todo eso se debe tomar nota cuando se preparan las catequesis y las homilías para las últimas semanas de Cuaresma y para la Semana Santa (cf. ya Orient. y Sug. II; y ahora también los “Sussidi” de la diócesis de Roma, n. 124b.).

 

 

  1. Es claro, por otra parte, que, desde el comienzo del ministerio de Jesús, hubo conflictos entre él y ciertas categorías de judíos de su tiempo, también con los fariseos (cf. Mc 2, 1-11.24; 3, 6 etc.).
  2. Se da igualmente el hecho doloroso de que la mayoría del pueblo judío y sus autoridades no han creído en Jesús, hecho que no es solamente un acontemiento histórico, sino que posee importancia teológica, dimensión cuyo significado san Pablo procura interpretar (Rom cap. 9-11).
  3. Tal hecho, acentuado a medida que se desarrollaba la misión cristiana, sobre todo entre los paganos, ha llevado a una inevitable ruptura entre el Judaísmo y la Iglesia naciente, a partir de este momento irreductiblemente separados y divergentes en el plano mismo de la fe, situación que se refleja en la redacción de los textos del Nuevo Testamento, y en especial en los Evangelios. No se trata de disminuir o disimular esta ruptura; ello no haría más que perjudicar la identidad de cada uno. No obstante, la ruptura no suprime ciertamente el “vínculo” espiritual del cual habla el Concilio (Nostra aetate, 4), y algunas de cuyas dimensiones nos proponemos elaborar en el presente texto.
  4. Al reflexionar sobre el hecho aludido, a la luz de la Escritura, y especialmente de los capítulos citados de la carta a los Romanos, los cristianos no deben nunca olvidar que la fe es un don libre de Dios (cf. Rom 9, 12) y que la conciencia ajena no debe ser juzgada. La exhortación de san Pablo a no “engreírse” (Rom 11, 18) respecto de la “raíz” (ib.), cobra aquí todo su sentido.
  5. No se puede poner en un mismo plano a los judíos que conocieron a Jesús y no creyeron en él, o los que se opusieron a la predicación de los apóstoles, con los que vinieron después y con los judíos de nuestro tiempo. Si la responsabilidad de aquellos en su actitud frente a Jesús permanece un misterio de Dios (cf. Rom 11, 25), estos se encuentran en una situación del todo diferente. El Segundo Concilio Vaticano (Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa) enseña que “todos los hombres deben estar inmunes de coacción… y ello de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella…” (n. 2). Esta es una de las bases sobre las que se apoya el diálogo judeo-cristiano, promovido por el Concilio.
  6. La delicada cuestión de la responsabilidad por la muerte de Cristo debe ser encarada en la óptica de la Declaración conciliar Nostra aetate y las Orientaciones y sugerencias”(III). “Lo que se hizo en la Pasión de Cristo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”, aunque las autoridades de los judíos, con sus seguidores, reclamaron la muerte de Cristo. Y más abajo: “Cristo… abrazó voluntariamente, movido por inmensa caridad, su pasión y muerte por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación”(Nostra aetate, 4).

El Catecismo del Concilio de Trento enseña además que los cristianos que pecan son más culpables de la muerte de Cristo que los pocos judíos que en ella intervinieron: estos, en efecto, “no sabían lo que hacían” (Lc 23, 34) y nosotros, en cambio, lo sabemos demasiado bien (Parte I, cap. V, cust. XI). En la misma línea y por la misma razón, “no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras” (Nostra aetate, 4), aun si es verdad que “la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios”(ib.).

V La liturgia

  1. Judíos y cristianos hacen de la Biblia la sustancia misma de su liturgia: en la proclamación de la palabra de Dios, en la respuesta a ella, en la oración de alabanza y de intercesión por los vivos

 

y los muertos, en el recurso a la misericordia divina. La liturgia de la Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en el judaísmo. La liturgia de las Horas y otros textos y formularios litúrgicos tienen paralelos en el judaísmo, como también las mismas fórmulas de nuestras oraciones más venerables, entre ellas el Padrenuestro. Las oraciones eucarísticas se inspiran asimismo de modelos de la tradición judía. Como decía Juan Pablo II (alocución del 6 de marzo de 1982): “La fe y la vida religiosa del pueblo judío, tal como son vividas y profesadas todavía, (pueden) ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la vida de la Iglesia. Es el caso de la liturgia…”.

  1. Esto es particularmente visible en las grandes fiestas del año litúrgico, como la Pascua. Cristianos y judíos celebran la Pascua: Pascua de la historia, en tensión hacia el futuro, para los judíos; Pascua realizada en la muerte y la resurrección de Cristo, para los cristianos, pero siempre a la espera de la consumación definitiva (cf. supra n. 9). Es el “memorial”, que nos viene de la tradición judía, con un contenido específico, diverso en cada caso. Hay así, en una parte como en la otra, un dinamismo semejante para los cristianos, este dinamismo confiere su significación a la celebración eucarística (cf. la antífona “O Sacrum Convivium“, celebración pascual, y como tal, actualización del pasado, pero vivida en la espera “hasta que él venga” (1 Cor 11, 26).

VI Judaísmo y Cristianismo en la historia

  1. La historia de Israel no acaba el año 70 (cf. Orientaciones y Sugerencias II). Seguirá adelante, especialmente en una numerosa diáspora, que permitirá a Israel llevar a todas partes el testimonio, a menudo heroico, de su fidelidad al Dios único y “ensalzarle ante todos los vivientes” (Tob 13, 4), conservando siempre la memoria de la tierra de los antepasados en lo más íntimo de su esperanza (cf. Seder pascual).

 

Los cristianos son animados a comprender este vínculo religioso, que hunde sus raíces en la tradición bíblica, sin por eso apropiarse una interpretación religiosa particular de esta relación (cf. Declaración de la Conferencia de los Obispos católicos de los Estados Unidos, 20 de noviembre de 1975).

Por lo que toca a la existencia del Estado de Israel y sus opciones políticas, deben ser encaradas en una óptica que no es en sí misma religiosa, sino referida a los principios comunes del derecho internacional.

La persistencia de Israel (cuando tantos pueblos antiguos han desaparecido sin dejar rastros) es un hecho histórico y a la vez un signo que pide ser interpretado en el plan de Dios. Es preciso, en todo caso, liberarse de la concepción tradicional de un pueblo castigado, que habría sido conservado para servir de argumento viviente para la apologética cristiana. Es siempre el pueblo electo, “el olivo legítimo en el cual han sido injertadas las ramas del olivo silvestre, que son los gentiles” (Juan Pablo II, 6 de marzo de 1982, aludiendo a Rom 11, 17-24). Se tendrá presente cuán negativo es el balance de las relaciones entre judíos y cristianos, durante dos milenios. Se recordará también que esta permanencia de Israel ha sido acompañada por una continua creatividad espiritual, en el período rabínico, durante la Edad Media, y en los tiempos modernos, a partir de un patrimonio que, por mucho tiempo, nos ha sido común, de tal manera que “la fe y la vida religiosa del pueblo judío, tal como son vividas y profesadas todavía hoy, (pueden) ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la vida de la Iglesia” (Juan Pablo II, 6 de marzo de 1982). La catequesis debería, por otra parte, ayudar a comprender el significado para los judíos de su exterminación durante los años 1939 a 1945 y de sus consecuencias.

  1. La educación y la catequesis deben ocuparse del problema del racismo, siempre activo en las diferentes formas de antisemitismo. El Concilio presentaba el problema de este modo: “Además,

 

la Iglesia… consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada, no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”(Nostra aetate, 4). Y las Orientaciones comentan: “Los vínculos espirituales y las relaciones históricas que unen a la Iglesia con el Judaísmo, condenan como contrarias al espíritu mismo del cristianismo todas las formas de antisemitismo y discriminación, cosa que de por sí la dignidad de la persona humana basta para condenar” (Preámbulo).

VII Conclusión

  1. La enseñanza religiosa, la catequesis y la predicación deben disponer, no sólo a la objetividad, la justicia y la tolerancia, sino a la comprensión y al diálogo. Nuestras dos tradiciones tiene un parentesco tan estrecho que no se pueden ignorar. Es preciso exhortar a un conocimiento mutuo a todos los niveles. Porque se comprueba una penosa ignorancia, en especial de la historia y de las tradiciones del Judaísmo, del cual sólo los aspectos negativos y a menudo caricaturales, parecen ser parte del bagaje común de muchos cristianos.

A esto estas Notas se proponen poner remedio. De esta manera, el texto del Concilio y de las Orientaciones y Sugerencias serán más fácilmente puestos en práctica.

Johannes Cardenal Willebrands

Presidente

Pierre Duprey

Vicepresidente

Jorge Mejía

Secretario

(Mayo 1985)

 

 

  • Personaje de tendencias agnósticas, del siglo segundo d.C., quien, rechazaba el Antiguo Testamento y una parte del Nuevo, como obra de un Dios malo, de un demiurgo. La Iglesia ha reaccionado con vigor frente a esta herejía (cf. Ireneo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PUEBLA – CAP. IV – EL DIÁLOGO PARA LA COMUNIÓN Y PARTICIPACIÓN

1096 – Incrementar el diálogo ecuménico entre las religiones y con los no-creyentes con miras a la comunidad, buscando áreas de participación para el anuncio universal de la salvación.

1103 – El Judaísmo está presente, con la variedad de corrientes y tendencias que le es propia.

1110 – Tanto a nivel continental como en algunas naciones en particular, ha comenzado a estructurarse el diálogo con el Judaísmo. Sin embargo, se comprueba la persistencia de cierta ignorancia de sus valores permanentes y algunas actitudes deploradas por el mismo Concilio (cf. NA 4).

1116 – Respecto del Judaísmo, el Vaticano II “recuerda el vínculo con que el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham” y por ello “quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio” (NA 4) entre los fieles de ambas religiones.

1123 – Propiciar el diálogo religioso con los judíos teniendo presente los principios y puntos contenidos en las Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración Nostra aetate.

1127 – Finalmente, considerar la dimensión ecuménica, así como la apertura al diálogo con el mundo no cristiano y de la no creencia, más que como tareas sectoriales, como una perspectiva global del quehacer evangelizador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUGERENCIAS PARA UNA LÍNEAS DE PRESENTACIÓN DE LOS JUDÍOS Y EL JUDAÍSMO EN LA ENSEÑANZA CATÓLICA

0-Presentación  (1990)

La Declaración conciliar sobre la Relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas, Nostra aetate, que en el número 4 se refiere a las relaciones con el Pueblo Judío, está próxima a cumplir sus 25 años.

Desde esa fecha hasta el presente, a pesar de las deficiencias, ha habido importantes y esperanzadores acercamientos entre católicos y judíos a diversos niveles.

Las barreras que hemos construido entre las dos comunidades, se concretan en el lenguaje y los prejuicios que constituyen uno de los mayores obstáculos para nuestro diálogo. Tales obstáculos solo pueden ser eliminados mediante una correcta presentación de los judíos en la enseñanza ;y la catequesis que favorezca el adecuado conocimiento y unas justas y fraternales relaciones. Así podrá darse una mayor acercamiento, amplio diálogo y profundidad de conocimiento.

En Septiembre de 1986 se reunieron en Bogotá un grupo de judíos y católicos, representativos de las dos comunidades, para tratar de aplicar a la realidad de América latina los contenidos de los Documentos de la Santa Sede en relación con los judíos, especialmente las “Notas para una correcta presentación de los judíos y el Judaísmo en la enseñanza católica”.

 

 

Como fruto del trabajo de todos los participantes en ese encuentro y después de varias redacciones, algunos ajustes, gracias a los aportes de varias personas consultadas, se elaboraron estas sugerencias.

No se trata de una Guía Latinoamericana pues esa no es la competencia del CELAM. Se trata de unas sugerencias que puedan ayudar a los responsables nacionales o diocesanos a conocer el tema y dar las respuestas pertinentes desde el trabajo pastoral y la enseñanza de la catequesis.

Es el espíritu del diálogo que se hace realidad en las relaciones católico-judías a las puertas de la conmemoración de importantes eventos, tales como los 500 años de la fe cristiana en el Continente y la celebración del segundo milenio del nacimiento de Cristo.

 

Con nuevo ardor nos capacitamos para el diálogo y formamos a los nuevos cristianos para que desde las realidades actuales y según la mentalidad de la Iglesia respondan al desafío de la hora presente.

Mons. Willhem Michel Ellis Pbro. Luis Eduardo Castaño

Obispo de Willemstad, Curação Ex -Secretario Ejecutivo de la SECUM

Responsable de la SECUM

  1. Panorama de las Relaciones católico-judías en América latina

1.1. La presencia judía

En la mayoría de los países de América latina existen comunidades judías que, también como creyentes, intervienen y participan en la vida de sus respectivas naciones, a diversos niveles.

Con sus elementos étnico-religiosos, los judíos han dado aportes valiosos para la constitución del ser latinoamericano y su presencia ha contribuido a forjar la originalidad de nuestro continente, en la que convergen diversas razas y culturas.1

La historia de las relaciones católicas-judías en este continente ha estado marcada por la originalidad del ser latinamericano que “con su tendencia innata a acoger a las personas” ha mirado con cariño a los judíos y en la mayoría de los casos ha tenido con ellos actitudes de amistad y simpatía.2

 

 

En ese ambiente, ya desde antes del Concilio Vaticano II, nacieron y se desarrollaron las fraternidades crsitiano-judías en Brasil y Chile. En 1967, inmediatamente después del Concilio, se

 

iniciaron las relaciones a nivel latinoamericano entre católicos y judíos, a través del CELAM y de los representantes de la comunidad judía internacional.3

1.2. La situación actual

La realidad del acercamiento católico judío es un hecho importante en la historia del diálogo interreligioso en América latina. Los obispos, por medio de los organismos eclesiales, nacionales e internacionales, junto con dirigentes de la comunidad judía, se han interesado por esta práctica y aunque no se trata todavía de un fenómeno generalizado, los frutos de este acercamiento son esperanzadores.

Merecen destacarse por su significado, entre otros, los siguientes hechos que expresan el ambiente fraternal que se ha comenzado a vivir: encuentros del Papa con dirigentes de la comunidad judía, durante sus viajes a los diversos países latinoamericanos, jornadas de oración común y en algunos países la conmemoración del Holocausto, encuentros de dirigentes a nivel

 

 

latinoamericano y a otros niveles, elaboración de documentos y actividades diversas de diálogo sobre temas de interés social.

1.3 Los documentos

A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha iluminado las relaciones católico-judías con diversos e importantes documentos que la sitúan en actitud de diálogo y apertura fraterna, sobre todo en el campo religioso. Se ha caminado hacia la superación del clima adverso que históricamente se ha dado entre las dos comunidades.

Esos documentos fundamentan, apoyan el trabajo de mutua relación de las dos comunidades de creyentes en el único Dios y deben ser aplicados en la formación de los cristianos a través de la enseñanza y de la catequesis. Se trata de suscitar un verdadero diálogo interreligioso, de promover un sincero y mutuo conocimiento, y de abrirse a un mutuo enriquecimiento.4 he aquí los más importantes:

  • Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas del Concilio Vaticano II, publicado el 28 de septiembre de 1985, Nostra aetate.
  • Declaraciones y sugerencias para la aplicación del No. 4 de Nostra aetate, publicado por la Comisión de las relaciones con los judíos. Diciembre 1 de 1974.
  • Carta Apostólica de su Santidad Juan Pablo II sobre la ciudad de Jerusalén, Abril 20 de 1984.
  • Normas para una correcta presentación de los judíos en la enseñanza católica, 1985.
  • Documento de Puebla, Nos. 1096 y 1127.
  • Documento de la Conferencia Episcopal Brasileña. Pautas para el Diálogo católico-judío.
  • Guía para o Diálogo católico-judaico no Brasil, Estudios CNBB, 1986.
  • Existen otros documentos importantes de los distintos Episcopados Católicos, entre los que merecen especial mención los de los Estados Unidos y Francia.
  1. La problemática de las relaciones católico-judías

2.1. Vínculos y rupturas

Es necesario partir de un hecho no solamente histórico, sino de repercusiones teológicas: la mayoría del pueblo judío no ha creído en Jesús… lo que ha llevado a una inevitable ruptura entre el Judaísmo y la Iglesia naciente, reflejada en la redacción de los textos del Nuevo Testamento,

 

 

 

especialmente en los Evangelios. No se trata de disimular o disminuir esta ruptura pues no suprime ciertamente el vínculo espiritual que une a la Iglesia con el pueblo judío.

“Dentro de los límites de la cristiandad, los judíos, testigos de un rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo graves humillaciones, acusaciones y proscripciones”.5

 

 

A fuerza de acentuar esta ruptura se perdió la conciencia de las raíces comunes y este hecho inicial fue condicionado por circunstancias económicas, políticas e ideológicas, a lo largo de la historia.

Ha perdurado, entonces, durante muchos siglos un clima adverso entre las dos comunidades caracterizado por percepciones negativas, mutuas acusaciones, estereotipos, desconfianzas, prejuicios, ofensas.

 

 

Para superar esta situación y perfeccionar nuestras relaciones, la parte católica debe realizar un trabajo conjunto con los responsables de la evangelización y la enseñanza. De la catequesis se espera que en actitud de diálogo diga y comunique hoy todo su contenido sin deformación para 6 lograr dentro del derecho a ser diferente, un respeto fraterno. Se espera también algo similar de la parte judía.

El diálogo católico con la comunidad judía debe afrontar entre otros los siguientes temas.

2.2 El problema de la tierra

La buenas relaciones católico-judías deben llevar al cristianismo a un conocimiento lo más claro posbile acerca de lo que es el Judaísmo religioso y la realidad del pueblo judío.7 Se acentúan demasiado los problemas civiles y políticos y no se tiene en cuenta el aspecto religioso.

La profundización de este aspecto debe llevar a que “en todo el diálogo religioso sincero cada uno de los participantes permita a los otros definirse a la luz de su actual realidad religiosa”;8 fieles a esta afirmación, los católicos reconocen, entre los elementos de la experiencia judía, que los judíos tienen una conexión religiosa con su tierra, que encuentra sus raíces en la tradición   bíblica. 9

El documento de la Santa Sede para la aplicación del Nº 4 de Nostra aetate afirma que “la historia de Israel no termina en el año 70”.

El pueblo de Israel ha avanzado en la historia en una numerosa diáspora que le ha permitido llevar a todas partes y ante todos los vivientes el testimonio, a menudo heroico, de su fidelidad y de sus alabanzas al Dios único, conservando siempre la memoria de la tierra de los antepasados en lo más íntimo de su esperanza. 10

2.3. Lenguaje e imágenes

La catequesis y la enseñanza deben contribuir a quitar las imágenes y expresiones negativas que se tienen frente a los judíos, junto con un lenguaje adverso que ha impregnado la teología y la expresión popular. “Se comprueba una penosa ignorancia, en especial de la historia y de las tradiciones del judaísmo, del cual sólo los aspectos negativos y, a menudo, caricaturales, parecen ser parte del bagaje común de muchos cristianos”. 11

Preocupa mucho a los judíos las representaciones, dramas y escenificaciones de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo en Semana Santa, lo mismo que las películas de cine y televisión sobre el mismo tema. Estas imágenes y escenas impactan fuertemente la sensibilidad del pueblo cristiano. En muchas de ellas se encarnan y representan actitudes sutil o abiertamente antijudías y antisemitas.

 

 

Los que, desprevenidamente, sin ninguna distinción y sin sentido crítico presencian estos actos pueden llegar a la conclusión de que el pueblo judío es culpable, sin más, de la muerte de Cristo. El Concilio Vaticano II nos dice que “lo que en la Pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. 12 No se puede poner en el mismo plano a los judíos que conocieron a Jesús con los que vivieron después de él y con los judíos de nuestro tiempo.13

 

 

 

 

 

 

2.4 Una enseñanza precisa y objetiva

La idea de pueblo deicida ha influido en el lenguaje y los estereotipos contra el pueblo judío, y de alguna manera ha podido contribuir a despertar o a impulsar el antisemitismo que tan dolorosas consecuencias ha traído sobre la comunidad judía y sobre la humanidad: el Holocausto.

El peligro de un antisemitismo siempre a punto de reaparecer bajo rostros diferentes, marca la importancia de una enseñanza precisa, objetiva y rigurosamente exacta del judaísmo a nuestros fieles.

Las ideologías presentes en América latina de que nos habla el Documento de Puebla, 14 repercuten también sobre la comunidad judía y pueden llevar a una percepción negativa de los judíos: “Hay organizaciones que alimentan, mediante ramificaciones en numerosos países, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones. En estos últimos años, se han multiplicado los actos de terrorismo que tienen por mira personas y símbolos judíos y muestran la radicalización de esos grupos. El antisionismo —de otro orden, ya que consiste en una contestación del Estado de Israel y su política— sirve a veces de cobertura al antisemitismo, se nutre de él y lo promueve. Además, ciertos países aducen pretextos seudo-jurídicos y ponen restricciones a una libre emigración de los judíos”. 15

Tanto los documentos de la Iglesia como los distintos discursos del Papa han sido explícitos en la condena del antisemitismo o cualquier otra actitud que se le parezca.

“Los vínculos espirituales y las relaciones históricas que unen a la Iglesia con el judaísmo condenan como contrarias al espíritu del Cristianismo todas la formas de antisemitismo y discriminación”. 16

El antisemitismo repercute sobre la comunidad judía, sobre sus personas en particular y pone en peligro, para los cristianos, el cumplimiento del mandamiento del amor.

“Hacia el pueblo judío, los católicos deben tener no solamente respeto sino también gran amor fraterno: porque esta es la enseñanza de ambas Escrituras, la hebrea y la cristiana: que los judíos son amados de Dios que los ha llamado a una vocación irrevocable. No se puede encontrar una justificación teológicamente válida para actos de discriminación o persecución contra los judíos. De hecho tales actos han de ser considerados como pecados. 17

  1. La Sagrada Escritura

3.1 Un elemento fundamental

Para judíos y cristianos la Biblia es un elemento central. La palabra de Dios constituye para la Iglesia su sustento, su vigor, su alimento y la fuente suprema de la vida espiritual

La Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras y las ha considerado norma suprema de su fe, puesto que confiesa que Dios es el inspirador del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por otra parte nos merece especial reconocimiento el aprecio y la fidelidad que, a través de los siglos y

aun en momentos difíciles, el pueblo judío ha tenido por la Sagrada Escritura. Con ella se ha alimentado y ha sostenido su identidad de fe.

3.2 Un aspecto problemático: la relación entre Antiguo y Nuevo Testamento

3.2.1. El problema

Experiencias pasadas y dolorosas con relación a la enseñanza del desprecio y sus consecuencias hacen a los judíos temerosos ante el tipo de relaciones que los católicos establecen entre Antiguo y Nuevo Testamento. El término Antiguo Testamento en el vocabulario bíblico cristiano les hace pensar en algo ya anulado siendo que para ellos es la revelación central.

 

 

 

A este respecto anota el Documento “Notas para una correcta presentación de judíos y Judaísmo en la enseñanza católica”: “la singularidad y la dificultad de la enseñanza cristiana acerca de los judíos y el Judaísmo consiste sobre todo en la exigencia de retener ambos términos de varias expresiones dobles, en las que se expresa la conexión entre las dos economías del Antiguo y Nuevo Testamento: promesa y cumplimiento, continuidad y novedad, singularidad y universalidad, unicidad y ejemplaridad. Importa que el teólogo o el catequista que quiera tratar ese tema, se preocupe de hacer ver, en la práctica misma de su enseñanza, que: la promesa y el cumplimiento se iluminan mutuamente.

La novedad consiste en una transformación de lo que ya existía antes. El carácter singular del pueblo del Antiguo Testamento no es exclusivo, sino que está abierto, en la visión divina a una extensión universal. El carácter único de ese mismo Pueblo existe en función de una ejemplaridad.” 18

3.2.2 Una explicación

“El Santo Padre ha presentado la realidad permanente del pueblo judío con una notable fórmula teológica: el pueblo de Dios de la Antigua Alianza por eso nunca revocada.” 19

Es necesario formar en el respeto a la identidad judía: respeto por una Alianza “nunca revocada“.

“Respetar al interlocutor tal como es, entender mejor los elementos fundamentales de la tradición religiosa judía y además procurar captar los rasgos esenciales con los que los judíos se definen a sí mismos a la luz de su actual realidad religiosa”, 20 son elementos básicos para el diálogo en este punto delicado.

3.3. Algunos elementos de solución

3.3.1 Dos identidades diferentes

“La Iglesia y los cristianos leen el Antiguo Testamento a la luz del acontecimiento de Cristo muerto y resucitado, y por este motivo hay una lectura cristiana del Antiguo Testamento que no coincide necesariamente con la lectura judía. De este modo, identidad cristiana e identidad judía deben ser cuidadosamente distinguidas en sus respectivas lecturas de la Biblia. Pero esto nada quita del valor del Antiguo Testamento en la Iglesia ni impide que los cristianos puedan a su vez aprovechar con discernimiento las tradiciones de la lectura judía.” 21

Es necesario leer el Nuevo Testamento teniendo presente el Antiguo Testamento, ya que este conserva para siempre su valor y autoridad. De este modo, Jesucristo aparecerá a los cristianos en todo su esplendor. Él está ya presenta entre nosotros, pero al mismo tiempo es el esperado, hermosura siempre antigua y siempre nueva, en expresión de san Agustín.

Entre los escritos del Nuevo Testamento sobresalen los Evangelios, que son el testimonio principal de la vida y de la doctrina de Jesucristo y comunican fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres hizo y enseñó para su salvación. 22

 

 

Los Evangelios son mucho más que una simple historia. Al leerlos debemos dejarnos interpelar por la palabra de Dios e integrarnos en el drama de la salvación como actores responsables, sin descargar la responsabilidad en personajes del pasado.

3.3.2 La unidad de los dos Testamentos

La lectura de las disposiciones que Dios ha tomado para salvarnos a todos debe ayudarnos a unir la letra y el espíritu, la historia y los símbolos, la realidad y su significación profunda. La auténtica interpretación de la Sagrada Escritura, lejos de desvalorizar la existencia del pueblo judío, reconocerá mejor su consistencia y continuidad históricas, su actualidad y su misión providencial.

 

“El Antiguo Testamento y la tradición judía en él fundada no deben considerarse opuestos al Nuevo Testamento, como si se constituyesen en una religión solamente de justicia, de temor y legalismo, sin referencia al amor de Dios y del prójimo (cf. Deut 6, 5; Lev 19, 18; Mt 22, 34-40).” 23

“Jesús, lo mismo que sus apóstoles y gran parte de sus primeros discípulos, nació del pueblo judío. Él mismo, revelándose como Mesías e Hijo de Dios (cf. Mt 16, 16), portador de un mensaje nuevo, el del Evangelio, se presentó como el cumplimiento y la perfección de la revelación anterior. Y aunque la enseñanza de Jesucristo tiene un carácter de profunda novedad, no por eso deja de apoyarse, repetidas veces en la doctrina del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento está profundamente marcado todo él por su relación con el Antiguo. Como ha declarado el Concilio Vaticano II: ‘Dios, inspirador y autor de los libros de ambos Testamentos, lo hizo sabiamente, de modo que el Antiguo encubriera al Nuevo, y el Nuevo descubriera al Antiguo’ (Dei Verbum, 16). Además, Jesús emplea métodos de enseñanza similares a los de los rabinos de su tiempo.” 24

  1. Aplicaciones prácticas de una doctrina

4.1 Pretensiones

Estas sugerencias pretenden impulsar y profundizar actitudes de diálogo que influyan en todas las áeas de la pastoral católica y que tengan repercusiones sobre la comunidad diocesana y parroquial, a través de sus legítimos pastores y de los agentes de pastoral.

Es preciso lograr, a través de la enseñanza y de la catequesis, la madurez de la fe del cristiano para su auténtico testimonio en el mundo: “Conducirlo en la unidad de la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios y formar al hombre perfecto, maduro, que realice la plenitud de Cristo”…que esté dispuesto a dar razón de su esperanza a todos los que pidan una explicación. 25

4.2 Formar en el espíritu de diálogo

El desafío está en la formación de los nuevos cristianos que encarnen y testimonien las actitudes de la Iglesia en la nueva evangelización, respetuosa de la libertad religiosa, 26 fiel a la verdad y leal al ser humano.

La Iglesia se abre al diálogo con los creyentes no cristianos, anto todo por fidelidad a los hombres y mujeres de hoy, no por oportunismo táctico; motivada por las exigencias de la convivencia humana y de la paz, pero sobre todo por motivos de fe. 27 Con mayor razón en el caso de los judíos, pues al “investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda el vínculo con el que el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido a la raza de

Abraham”. 28

4.3 Diálogo y acción conjunta

Para que el diálogo sea una realidad, el cristiano lo encarna y lo testimonia en el mundo a través de sus relaciones y de su trabajo: es atento, respetuoso, sabe acoger, concede espacio para la identidad personal, para las expresiones y los valores del otro: “cada seguidor de Cristo, en virtud

de su vocación humana y cristiana, está llamado a vivir el diálogo en su vida cotidiana, ya se encuentre en situación de mayoría, o en condición de minoría. 29

El campo de colaboración interreligiosa puede ser amplísimo, dados los grandes problesmas que afligen a la humanidad. Los cristianos se sienten llamados a colaborar con otros creyentes, precisamente en virtud de sus respectivas creencias, 30 para aportar, desde su fe, lo mejor de sus energías a la solución de cuanto aflige al hombre.

 

 

 

4.4 Diálogo de especialistas

Un nivel importante de diálogo, es el que se realiza entre especialistas. De este modo se pueden confrontar, profundizar y enriquecer los respectivos patrimonios religiosos y se amplían los recursos para resolver diversos problemas.

Este tipo de diálogo ayuda a los interlocutores a conocer y apreciar recíprocamente sus valores espirituales y sus categorías culturales, promoviendo así la comunión y la fraternidad entre los hombres. 31

Los hombres arraigados en sus propias tradiciones religiosas pueden comparar entre sí experiencias de oración, de contemplación, de fe y de fuerza, así como las manifestaciones y caminos de la búsqueda del Absoluto. 32

4.5 Actividades prácticas

Se hace conveniente continuar e impulsar aquellas actividades y programas que contribuyen a mantener la cercanía espiritual y humana entre católicos y judíos; actividades que sean de carácter informativo y formativo. La experiencia ha mostrado la importancia de las jornadas conjuntas de oración con motivo del Holocausto y con otros motivos; las cenas pascuales, los cursos, los talleres y las conferencias en diversas instituciones (universidades, seminario, colegios, institutos) y la preparación de documentos conjuntos.

El diálogo se convierte en recíproco enriquecimiento y en cooperación fecunda cuando se trata de promover y preservar los valores e ideales más elevados del ser humano. Esta disposición conduce de manera espontánea a la intercomunicación de las razones de la propia fe, sin que las diferencias, a veces profundas, la detengan; sino que la sitúan con humildad y confianza ante Dios “que es más grande que nuestro corazón”. 33

Donde se juzgue conveniente y con el apoyo de las Conferencias Episcopales se pueden crear las fraternidades judeo-cristianas, o las comisiones mixtas de judíos y católicos para el fomento del diálogo.

  1. Áreas concretas de trabajo

La catequesis renovada debe contribuir a la auténtica relación entre católicos y judíos: “Los judíos y el judaísmo no deberían ocupar un lugar tan solo marginal y ocasional en la catequesis y en la predicación, su presencia indispensable debe ser en ella integrada de manera orgánica. 34

“Se trata por consiguiente de una preocupación pastoral por una realidad siempre viva en estrecha relación con la Iglesia”, 35 en la que se debe superar la indiferencia, los enfoques negativos, el desprecio y cualquier otra actitud indigna del nombre de cristiano.

La catequesis, la predicación, la enseñanza, son tareas primordiales de la Iglesia y una actitud de diálogo exige una mayor captación de “los elementos fundamentales de la tradición religiosa judía y además procura captar los rasgos esenciales con que los judíos se defienen a sí mismos a la luz de su actual realidad religiosa”. 36

Para que esto sea una realidad se debe trabajar en la formación e información tanto de profesores y alumnos, como de los encargados de elaborar los manuales y textos de religión; en general de

todos los agentes que tienen que ver con la predición: sacerdotes, seminaristas, catequistas, religiosos, teólogos, laicos…

Se requiere, en este espíritu, la revisión de textos y manuales de catequesis, lo mismo que la adaptación de programas de enseñanza religiosa, que no estén de acuero con los principios dados a conocer por la Iglesia sobre este tema.

Los temas más destacados, en la predicación y la catequesis para una guía, son los siguientes:

  • La persona de Jesús y su contexto:
  • La familia
  • El judaísmo de Jesús
  • Situación religiosa, política, social y cultural del siglo I.
  • El Dios de la Alianza, monoteísmo, Ley y Halajá.
  • La Pascua hebrea y la Pascua
  • La Iglesia
  • Sinagoga e Iglesia
  • Pueblo de Dios e Iglesia
  • Mandamientos
  • Moral judía y moral católica
  • Aspectos históricos
  • El judaísmo, antes y después del año 70, la destrucción del Templo.
  • Judaísmo contemporáneo, el Holocausto y sus implicaciones. El Estado de Israel. Las comunidades judías de Latinoamérica.

5.1 La liturgia

El recuerdo y el conocimiento de la relación que existe entre la liturgia católica y la liturgia judía y la profundización de esa relación pueden “ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la vida de la Iglesia”. Además, pueden contribuir a superar las dificultades que preocupan a los judíos sobre las celebraciones de Semana Santa. 37 “Habrá que esforzarse por instruir al pueblo cristiano de modo que llegue a comprender todos los textos en su justo sentido y en su verdadero significado para el creyente de hoy”, 38 cuidar las expresiones y pasajes que pueden ser entendidos de manera incompleta por los cristianos no suficientemente informados.

A otro nivel es necesario revisar y perfeccionar las representaciones y los dramas de la pasión, como también los contenidos y el estilo de las meditaciones sobre la pasión, principalmente el “viacrucis”, a la luz de las orientaciones de la Iglesia, ya mencionadas. Los temas son los siguientes:

La liturgia católica y sus nexos con la liturgia judía. El Shabat, la Pascua, las Grandes Fiestas (Rosh Hashanah, Yom Kippur).

 

 

1 Cf. Puebla N. 51. (volver a la lectura)

2 Cf. Pueblo N. 17. (volver a la lectura)

3 Se han realizado ocho encuentros organizados por el CELAM y entidades judías, tales como la Anti-Defamation League, Congrego Judíos Latinoamericano, American Jewish Committee: Bogotá Agosto 1968 – Lima Octubre 1972- Argentina 1974- São Paulo 1975- Bogotá 1976- San José 1977- Bogotá 1985- Bogotá 1986. La CNBB (Conferencia Episcopal del Brasil), el American

 

 

 

Jewish Committee y el Congreso Judíos Latinamericano, organizaron un encuentro Panamericano en São Paulo Brasil en 1985. (volver a la lectura)

4 Cf. Orientaciones y sugerencias, 1. (volver a la lectura)

5 Pontificia Comisión Justicia y Paz, la Iglesia ante el racismo, 2. (volver a la lectura)

6 Cf. CT. 59. (volver a la lectura)

7 Cf. Documento de los obispos de U.S.A. sobre los judíos. (volver a la lectura)

8 Cf. Orientaciones, Introducción. (volver a la lectura)

 

 

9 Discurso del Papa Juan Pablo II en Miami, Osservatore Romano, Nº 38, pág. 8. (volver a la lectura)

10 Cf. Notas VI, 1. (volver a la lectura)

11 Cf. Notas, VII. Conclusiones. (volver a la lectura)

12 Nostra aetate, 4. (volver a la lectura)

13 Notas 4, 1. (volver a la lectura)

14 Ideología: Es siempre parcial 535; lleva en sí la tendencia a absolutizar 5366, 537; intenta instrumentar personas e instituciones 536; es contagiosa y confiere “mística”537; en AL hay diversas ideologías: el liberalismo capitalista 47, 437, 542, el colectivismo marxista 48, 437, 543; el de la Seguridad Nacional 49, 547, 549; criterios para el discernimiento 554-557, principalmente la Enseñanza social de la Iglesia 539. (volver a la lectura)

15 Pontificia Comisión, Doc. Cit. 15. (volver a la lectura)

16 Orientaciones, VI, 2. (volver a la lectura)

17 Juan Pablo II. Discurso Sidney, Australia, noviembre 26 de 1986. Osservatore Romano, nº 49, Diciembre 7 de 1986, pág. 10. (volver a la lectura)

18 Notas, 1, 5. (volver a la lectura)

19 Cf . Notas Nº 3. (volver a la lectura)

20 Notas Nº 4. (volver a la lectura)

21 Notas, II, 6. (volver a la lectura)

22 Cf. DV 18. (volver a la lectura)

23 Cf. Orientaciones, Nº 3. (volver a la lectura)

24 Orientaciones, Nº 3. (volver a la lectura)

25 Cf. C. 25 CT. (volver a la lectura)

26 Cf. Dignitatis humanae. (volver a la lectura)

27 Secretariado para los o cristianos. Actitud de la Iglesia frente a los seguidores de otras religiones, 20ss. (volver a la lectura)

28 Nostra aetate, 4. (volver a la lectura)

29 Secretariado, o.c., Nº 29, 30. (volver a la lectura)

30 Ibid., 32. (volver a la lectura)

31 Ibid., 34. (volver a la lectura)

32 Ibid., 35. (volver a la lectura)

33 1 Jn 3, 20. (volver a la lectura)

34 Notas 1, 2. (volver a la lectura)

35 Notas 1, 3. (volver a la lectura)

36 Notas 1, 4. (volver a la lectura)

37 Orientaciones, 2. (volver a la lectura)

38 Ibid., 2. (volver a la lectura)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINO AMERICANO – SANTO DOMINGO

133 – El gran desafío con el que nos encontramos es esta división entre los cristianos: división que se ha agravado por diversos motivos a lo largo de la historia.

  • La existencia de una confusión sobre el tema, fruto de una deficiente formación religiosa, y de otros factores.

134 – En situación similar a los cristianos separados podemos colocar a todo el pueblo judío. También el diálogo con él es desafío para nuestra Iglesia.

136 – “Dios, en un diálogo que dura a lo largo de los siglos, ha ofecido y sigue ofreciendo la salvación a la humanidad. Para ser fiel a la iniciativa divina, la Iglesia debe entrar en diálogo de salvación con todos”(Diálogo y Anuncio, 38). Al promover este diálogo, la Iglesia sabe bien que éste tiene un carácter testimonial dentro del respeto a la persona e identidad del interlocutor (cf. DP 1114).

138 – Para intensificar el diálogo interreligios consideramos importante:

  • Alentar un cambio de actitud de nuestra parte, dejando atrás prejuicios históricos, para crear un clima de confianza y cercanía.
  • Promover el diálogo con judíos y musulmanes, pese a las dificultades que sufre la Iglesia en los países en donde estas religiones son mayoritarias (¿En Israel?).
  • Profundizar en los agentes de pastoral el conocimiento del judaísmo y del islamismo.
  • Animar en los agentes de pastoral el conocimiento de las otras religiones y formas religiosas presentes en el continente.
  • Buscar acciones a favor de la paz, de la promoción y defensa de la dignidad humana, así como la cooperación en la defensa de la creación y del equilibrio ecológico, como una forma de encuentro con otras religiones.

 

 

LAS RELACIONES DE LA IGLESIA CON EL PUEBLO JUDÍO EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

839 – “Los que todavía no han recibido el Evangelio también están ordenados al Pueblo de Dios de diversas maneras”(LG 16): La relación de la Iglesia con el pueblo judío. La Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al escrutar su propio misterio, descubre su vinculación con el pueblo judío (cf. NA 4) “a quien Dios ha hablado primero”(MR, Viernes Santo 13: oración universal VI). A diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía es una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne” (cf. Rom 9, 4-5), “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11, 29).

840 – Por otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden hacia fines análogos: la espera de la venida (o el retorno) del Mesías; pues para unos, es la espera de la vuelta del Mesías, muerto y resucitado, reconocido como Señor e Hijo de Dios; para los otros, es la venida del Mesías cuyos rasgos permanecen velados hasta el fin de los tiempos, espera que está acompañada del drama de la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús.

 

 

 

 

842El vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas es en primer lugar el del origen y el del fin comunes del género humano:
Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra; tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y designios de salvación se extienden a todos hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa (NA 1).

El Catecismo de la Iglesia católica presenta en su contenido muchas otras citas que orientan el diálogo con los judíos y el judaísmo. Esas citas orientan la liturgia, la catequesis, el estudio y la interpretación bíblica. Por ejemplo los párrafos: 575, 576, 577, 597, 751, 1096, 1328, 1334 y otros.

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