Verus Israel, un problema de identidad

A lo largo de la historia, las relaciones entre judíos y cristianos nunca han sido beneficiosas para ninguna de las partes. Por un lado, los judíos tuvieron que soportar matanzas, exilios, guetos y discriminaciones de todo tipo; por el otro, la jerarquía de la Iglesia tuvo que justificar su rol en la historia y en el plan divino de redención, en función de la presencia de los judíos, como representantes del Pueblo Elegido en medio de sus sociedades. Así, debido a la perennidad de los judíos y del Judaísmo, se desarrolló la denominada teología de la sustitución del judío y la Iglesia pasó a autodefinirse como el verdadero Israel o Verus Israel.

En lo que respecta al actual estado de las relaciones judeocristianas podemos afirmar que ambas partes no tendrían dificultad en considerar que el desacuerdo entre ambas religiones posee un origen y un carácter teológico. Conservar el desacuerdo, aunque sea “bajo la alfombra” de la cortesía, el protocolo y la buena voluntad, nunca podrá constituir el cemento adecuado para unir los bloques separados, debido a que cada uno de ellos se considera exclusivamente el pueblo de D”s.

Antes de entrar en el tema del Verus Israel, es importante tener en cuenta con qué trasfondo teológico se está trabajando, en general. En este punto se está haciendo referencia a la doctrina de la degradación y del reemplazo de los judíos como castigo por deicidio. A modo de ejemplo, el profesor Zvi Bajraj explica los principios de esta doctrina:

 

San Agustín puso las bases de la doctrina de la degradación de los judíos, que tiene sus proyecciones aún en nuestros días. Esta doctrina se basa en el libro de los Salmos, 59, 11: “No los mates, para que mi pueblo no olvide; dispérsalos con tu poder y abátelos […]”. La interpretación cristiana que da Agustín determina que no hay que matar a los judíos para que el cristiano no se olvide de su doctrina […] puesto que así fue dicho: “para que mi pueblo no olvide”. Por consiguiente, los cristianos deben irritar y degradar al judío, y este debe ser el símbolo del triunfo de la doctrina cristiana. La degradación, como consecuencia del fracaso religioso del judío, es un testimonio vivo y permanente de la superioridad cristiana.

Esta doctrina fue aceptada por los padres de la Iglesia y, según las palabras del mismo Agustín, en su libro La ciudad de D”s: “los judíos que lo rechazaron y mataron (a Jesús) fueron dispersados por toda la tierra”, o sea, que la expulsión y la dispersión de los judíos consiste en un castigo necesario y fundamental para la existencia de la doctrina cristiana.

El papa Gregorio I, el Magno (590-604), vuelve sobre la misma concepción y dice en su libro Moralia, cap. 9: “Los apóstoles no alcanzaron a poner los pies sobre la tierra cuando Judea cayó en manos de Tito. Su pueblo fue deportado y dispersado por todo el mundo”. Aquí aparece nuevamente la idea de la dispersión como un castigo al deicidio.[1]

 

Por su parte, Jules Isaac[2] afirma:

 

Esta doctrina, debido a la degradación, no tiene importancia únicamente en la explicación del exilio de los judíos y de su situación de degradación con respecto a la Iglesia, sino también en la sustitución del pueblo judío por la Iglesia misma, en tanto Verus Israel (el Verdadero Israel).

 

Esta doctrina ha cumplido un destacado rol en la autoestima y en la conciencia de superioridad de la Iglesia sobre la Sinagoga y en el desarrollo del cristianismo a través de los siglos. Si bien es pobre en sus fundamentos teológicos, poseía una inmensa base factual, ya que es un hecho histórico indiscutible que los judíos fueron dispersados entre los gentiles; a su vez, esta doctrina ha contribuido, en gran manera, a convertir esta dispersión en un exilio también degradante. Ciertamente, una doctrina que encuentra su confirmación en la realidad histórica es mucho más fuerte que aquella que surge de la pura especulación teológica y que no puede ser probada en la práctica de la vida cotidiana. No obstante, las razones de este exilio tienen solamente valor doctrinario, ya que las causas que lo motivaron podrían ser bien distintas de las que fueron sustentadas por la Iglesia.

Sea como fuere, una doctrina basada en un acontecimiento histórico real, que permanentemente ha sido constatada a lo largo de la historia, no puede cambiarse o dejar de existir como consecuencia de meras reflexiones teológicas, éticas o políticas. Se necesitaría para ello, además, un cambio en la realidad histórica que le dio origen y que, en vez de comprobar y reforzar la doctrina, se le opusiera. Así, solamente podrían crearse las condiciones necesarias para tal cambio por medio de una realidad histórica nueva que contradiga la posición anterior.

En ese caso, ¿debería la Iglesia reinterpretar su doctrina, cuando realidades históricas contradicen las existentes? La respuesta parecería ser muy positiva, ya que la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación, del Concilio Vaticano II, expresa lo siguiente:

 

El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina. (DV 1: 2) [La negrita es del autor].

 

Como se dijo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, a raíz del Holocausto y de los cambios doctrinales de la Iglesia Católica después del Concilio Vaticano II, se fueron adoptando posiciones más favorables con respecto a los judíos y al judaísmo. Estas posturas se manifiestan tanto en la liturgia como en el desarrollo de nuevas actitudes, desde las confesiones de “mea culpa” y los pedidos de perdón por los pecados contra el pueblo judío hasta algunas posiciones que exigen una nueva toma de conciencia respecto del rol del judaísmo en la teología cristiana y de la necesidad del diálogo teológico, a fin de establecer nuevas relaciones que conciernen a la identidad misma de la Iglesia. Lo cierto es que estas últimas tendencias no están arraigadas aún en un amplio sector del clero y han llegado a conocimiento de sólo una pequeña porción de los miembros de la Iglesia; sin embargo, se considera importante citar algunas declaraciones de esta nueva orientación.

El teólogo católico John T. Pawlikovsky explica que

 

[…] esta clase de “cristología de sustitución”, profundamente arraigada en la tradición patrística y predominante en la conciencia cristológica de la Iglesia hasta el Vaticano II, ya no puede considerarse una cristología auténtica, ni en la teología académica ni como marco de la liturgia cristiana”.[3]

 

Por su parte, el cardenal francés Roger Etchegaray observa que la misma identidad cristiana depende de la relación de la Iglesia con el judaísmo.

 

Sin duda, la gestión de Juan XXIII, inspirada en las ideas de Jules Isaac, no es ajena a la eclosión de una primavera muy tardía y todavía muy tímida. Empezamos a tomar conciencia de que nuestra identidad cristiana es una identidad que recibimos de otro, y ese otro es el pueblo elegido, que existe porque proviene de Dios. Este proceso va más allá de una simple comprobación del judaísmo carnal de Jesús admitido ahora fácilmente por todos, con todas sus consecuencias culturales y cultuales en la liturgia y la vida de la Iglesia, que hoy describen abundantemente y sin problemas autores judíos y cristianos. Juan Pablo II recordó hace poco, una vez más, al recibir el 11 de abril de este año a la Pontificia Comisión Bíblica, que no se puede expresar plenamente el misterio de Cristo sin recurrir al Antiguo Testamento.[4] [La negrita es del autor].

 

En otra parte del artículo, recuerda:

 

En el mismo comienzo de su pontificado (12 de marzo de 1979), en Maguncia, el Papa Juan Pablo II tuvo la osadía de declarar: “Nuestras dos comunidades religiosas están vinculadas al nivel mismo de su propia identidad”.

 

Más adelante, citando al destacado teólogo protestante Karl Barth, el cardenal Etchegaray agrega:

 

Karl Barth decía: “La pregunta decisiva no es “¿qué puede ser la Sinagoga sin Jesucristo?”, sino “¿qué es la Iglesia mientras tenga frente a ella un Israel que le es ajeno?”. Dicho de otro modo: para la Iglesia, la perennidad de Israel no es solamente un problema de relaciones exteriores que debe llevar adelante, sino un problema interior que debe profundizar y que atañe a su propio ser. El camino que estamos emprendiendo es cuesta arriba, todavía ha sido poco explorado en exégesis y en teología, pero es en ese sentido, me parece, que debemos avanzar. De lo contrario, el diálogo entre judíos y cristianos seguirá siendo superficial, limitado y lleno de restricciones mentales. Ese diálogo, como se ha dicho, apenas está saliendo de la edad de las cavernas y sólo podrá progresar si cada una de las partes toma en cuenta la contemporaneidad de la otra. El cristianismo es el árbol que crece de la semilla del judaísmo y cubre con su follaje toda la tierra, pero el fruto de ese árbol contiene nuevamente la misma semilla. En la Divina Comedia, Dante invitaba a los judíos a abandonar su esperanza: lasciate ogni speranza. Franz Rosenzweig, contrariado por ese verso, comentó: “Podemos abandonar todo, menos la esperanza”. Y citaba este midrash: “Cuando el judío comparezca ante el trono celestial, se le hará una sola pregunta: ¿Mantuviste la esperanza en la Redención?” Todas las demás preguntas, agregaba Rosenzweig, son para vosotros, los cristianos. Mientras llega ese momento, preparémonos juntos en la fidelidad para comparecer ante nuestro Juez.[5] [La negrita es del autor].

 

El problema cristiano de identidad se origina en el encuentro con el judaísmo, o sea, es externo a él, ya que, si los judíos no hubiesen existido, no se habrían producido problemas de identidad cristiana (es más: tampoco habría cristianismo). El problema cristiano es teológico y desde la antigüedad se resolvió con el desarrollo de la doctrina de la degradación y la suplantación del pueblo judío.

Después del Holocausto, poco a poco esta doctrina fue perdiendo vigor y prácticamente fue desestimada.[6] No obstante, con la creación del Estado de Israel, este problema se ha agravado y se puede afirmar que se está ante una realidad histórica contundente: las promesas realizadas a Israel (al Verus Israel) se están cumpliendo en los judíos y no en los cristianos. Es decir, si el cristianismo se define como el “Nuevo pueblo de Dios” o como el Verus Israel, ¿cómo es posible que la promesa acerca de la Tierra Prometida efectuada por Dios a Abraham, a Isaac, a Jacob y, a través de ellos, al pueblo de Israel se esté cumpliendo en los judíos y no en los cristianos?

Se propone considerar otro pasaje del trabajo de J. T. Pawlikowsky, quien, exponiendo la tesis del Prof. Fray M. Dubois,[7] escribe:

 

Dubois también recoge la idea de Sherman de la unidad judeocristiana a la luz del Holocausto. Desde una perspectiva de fe, dice Dubois, el cristiano puede afirmar efectivamente que Jesús asume el papel de Israel en su destino de Siervo Doliente y que Israel, en su experiencia de soledad y tribulación, responde y representa, sin saberlo, el misterio de la Pasión y la cruz.[8]

 

Por consiguiente, si relacionáramos los sufrimientos de Jesús en la cruz con el de los judíos en el Holocausto, concluiríamos que el cristianismo no tendría dificultades para considerar este acontecimiento como la muerte del pueblo judío. Aceptada esta analogía, lo natural sería que, si Cristo resucitó al tercer día, lo mismo tendría que ocurrir con los judíos. Es un hecho histórico que el Estado de Israel se creó exactamente tres años (o “días”) después de finalizado el Holocausto, posiblemente con una diferencia de ni siquiera una semana.

A pesar de que, para la teología cristiana, la heredad no es considerada, en principio, una heredad terrenal,[9] el problema que provoca la disonancia consiste en que las promesas terrenales se están cumpliendo en el “Israel de los judíos”. Según esta realidad histórica, los judíos no han perdido la herencia prometida; por su parte, la esperanza del “Israel de la Iglesia” está todavía por verse. Aquí se encuentra el corazón de la disonancia, ya que la misma idea del Verus Israel, o sea, del Nuevo Pueblo de D”s de los Últimos Días estaría siendo cuestionada por la realidad histórica. Más aún: si, según Pawlikowsky, “la «cristología de la sustitución» ya no puede considerarse una cristología autentica” -es decir, se reconocería a los judíos el estatus de Verus Israel-, cabe preguntarse qué o quiénes son los cristianos. La respuesta a este interrogante es uno de los principales objetivos a este artículo.

Se postula que la solución a los problemas de identidad no se encuentra en la separación entre estos grupos (lo cual resultaría imposible) sino en la comprensión teológica, por parte de los cristianos, de que no dejarán de ser Verus Israel si aceptan este mismo estatus en los judíos, y viceversa. Judíos y cristianos deberían comprender, en definitiva, que ambas partes conforman el “Pueblo de Dios de los Últimos Días”. Sobre esta base, los cristianos deberían exigir a los judíos que no abandonen su judaísmo sino que lo realicen [“porque la salvación está en los judíos” (Jn. 4, 22)], y transformarse, de esta manera, en fuerza cristalizante del judaísmo. A su vez, los judíos deberían entender que su salvación depende, en gran medida, de las actitudes del mundo cristiano con respecto al mundo judío, principalmente desde el punto de vista teológico y no meramente político, y tratar de involucrarse más en la construcción de nuevos puentes de entendimiento, preferiblemente teológicos, con el cristianismo.

Finalmente, las dos partes deberían tomar conciencia de que su salvación depende de la colaboración y no de la competencia ni de la alienación entre ambas doctrinas.

Desde la perspectiva que aquí se plantea, el verdadero diálogo consiste en la búsqueda del mensaje divino que pueda ser aceptado por ambas religiones, sin que por ello deba desvirtuarse la esencia de cada una de ellas. En tanto hombres religiosos no es posible aceptar que el mismo y único Espíritu Santo que inspiró las Escrituras, tanto las comunes a judíos y cristianos como las específicas de cada uno, haya querido que sean inconsistentes consigo mismas y fuente permanente de separación. Sin embargo, hasta ahora las interpretaciones de las SE han sido, en general, fuente de separación. Quizá este siglo tan convulsionado constituya una señal de que ha llegado el tiempo de establecer un nuevo modelo hermenéutico que, además de ser más coherente que los desarrollados hasta ahora, reemplace las concepciones teológicas de exclusividad en la elección divina por una concepción común que conduzca al establecimiento de relaciones de colaboración entre los miembros de ambas religiones. Este trabajo tiene lugar a partir del convencimiento de que es factible alcanzar este objetivo.

Una buena parte de del análisis de este libro análisis girará en torno de Jesús. Pero por ahora no se va a ocupar de estudiar su naturaleza mesiánica sino su misión a nivel general. El Catecismo la señala con precisión, sobre la base de una cita del Evangelio de Mateo:

 

Salvará a su pueblo de sus pecados (Mt. 1, 21).

 

Para comprender uno de los aspectos fundamentales de esta misión, es importante tener en cuenta algunas cuestiones teológico-históricas referidas al pueblo de Israel.

La cristalización política del pueblo de Israel se realiza alrededor del año 1000 a.C. bajo el reinado del rey David, miembro de la tribu de Judá, quien gobierna sobre las doce tribus, fija la ciudad de Jerusalem como capital política y religiosa del pueblo y prepara las condiciones para la construcción del Templo, que se llevará a cabo bajo el reinado de su hijo Salomón.

Durante el gobierno de Roboam, hijo de Salomón, acontece el cisma y el pueblo queda dividido en dos reinos: la casa de Israel, formada por las diez tribus del norte del país, los territorios de Samaria y Galilea, con capital en la ciudad de Samaria, y la de Judá, constituida por las tribus de Judá y Benjamín más los levitas y sacerdotes, que no poseían tierras y continuaron sirviendo en el Templo. Ellos quedaron en el sur del país, y la capital fue Jerusalem.

Según explican las Escrituras, D”s expulsa de su reino a la casa de Israel y le da carta de divorcio debido a sus pecados de idolatría:

 

Y dijo J” en los días del rey Josías: ¿has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso y allí fornica. Y dije, después de hacer esto: se volverá a mí; pero no se volvió, y la vio su hermana, la rebelde Judá: Ella vio que, por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio. (Jer. 3, 6-8)

 

La casa de Israel fue dispersada por los asirios entre todos los territorios del imperio; así, perdió su identidad nacional, cultural y religiosa y se convirtió en lo que se ha dado en llamar las “diez tribus perdidas del reino o casa de Israel”.

Desde entonces, la casa de Judá y la de Israel se encuentran separadas. Sin embargo, las escrituras afirman también que la redención de Israel y de los gentiles que se conviertan a D”s pasa por la reunificación de las doce tribus, tal como está claramente expuesto tanto en la profecía de Ezequiel como en el NT. En efecto, en el libro de Ezequiel se lee:

 

Vino a mí palabra de J” diciendo: Toma ahora un palo y escribe en él: Para Judá y para los hijos de Israel, sus compañeros. Toma después otro palo, y escribe en él: Para José, palo de Efraim, y para toda la casa de Israel, sus compañeros. Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano. (Ez. 37, 15-17).

 

A continuación, el profeta escribe:

 

Así ha dicho J”, el Señor: He aquí yo tomo el palo de José que está en la mano de Efraim, y a las tribus de Israel, sus compañeros, y los pondré con el palo de Judá, y los haré un solo palo en mi mano. Y los palos sobre que escribas estarán en tu mano delante de sus ojos, y les dirás: Así ha dicho J”, el Señor: He aquí yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra; y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey y nunca más serán divididos en dos reinos. (Ez. 37, 19-22).

 

 

A fin de mostrar en forma más concreta un aspecto fundamental de la misión de Jesús, partiremos del relato de Mt. 15, 21-28, según el cual una mujer cananea imploraba a Jesús que curase a su hija atormentada por un demonio. Cuenta el texto que Jesús no respondía palabra hasta que finalmente expresó su rechazo a las súplicas de esta manera: “No soy enviado sino [o únicamente] a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. No obstante, ante la insistencia de la mujer cananea, Jesús exclamó:

 

“No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros”, y ella dijo: “Sí, Señor, pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces, Jesús dijo: “¡Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieras! y su hija fue sanada desde aquella hora. (Mt. 15, 21-28).

 

Del relato de Mateo se deriva lo siguiente:

  1. que Jesús fue enviado (por el Padre) “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, o sea, a las diez tribus perdidas, y no a los judíos que conforman la casa de Judá.
  1. que Jesús no está dispuesto a usar su poder (o desviar la atención de su misión) en personas a las que no considera posibles receptores de misericordia.
  2. que, luego de mucha insistencia y de dar pruebas de una fe extraordinaria, la mujer cananea es complacida en sus ruegos.

 

Nótese que el NT se preocupa por recalcar que esta mujer no pertenece al pueblo de Israel: según Mateo, era cananea y, según Marcos (Mc. 7, 26), era griega y sirio-fenicia de nación. Jesús no se opone a salvar otras naciones, pero se preocupa muy especialmente por disponer un orden de prioridades muy claro en las instrucciones a sus apóstoles:

 

A estos doce envió Jesús y les dio instrucciones, diciendo: “Por caminos de gentiles no vayáis y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. (Mt. 10, 5-6) [La negrita es del autor].

 

Más explícitamente, se expresa en Mateo: “el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” (Mt. 18, 11), y Lucas es más preciso aún: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19, 10).

Cabe destacar que, cuando Jesús ordena a sus discípulos que vayan antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel, abre la posibilidad de que vayan más tarde a los gentiles. En el Evangelio de Juan está clara su intención de ampliar el “redil” con “ovejas” que no pertenecen originalmente al pueblo de Israel:

 

También tengo (Jesús) otras ovejas que no son de este redil; aquellas también me conviene traer, y oirán mi voz: y habrá un rebaño y un pastor. (Jn. 10, 16)

 

Lucas atestigua más claramente acerca de la misión a los gentiles:

 

Simeón, […] y el Espíritu Santo estaba sobre él […], dice: “Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos. Luz para revelación de los gentiles y gloria de tu pueblo, Israel.” (Lc. 2, 25, 30-32) [cf. Is. 42, 6; 49, 6].

 

De esto se deduce que las ovejas que no son de su redil, a las que “también” debe traer, les adjudica una prioridad de segundo orden. En cambio, cuando se refiere a los judíos, Jesús dice:

 

Pero vosotros [los judíos] no creéis, porque no sois de mis ovejas […]. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las reconozco y me siguen. (Jn. 10, 26-27)

 

Aquí debemos prestar atención al hecho de que, si Jesús se refiere a sus (mis) ovejas, significa que existen otras ovejas que no son de él; no obstante, todas las ovejas son redimidas y se salvan, como veremos más adelante.

Por otra parte, es importante aclarar que la misión de Jesús (buscar la casa de Israel y a los gentiles) se identifica con el rol que el Talmud le otorga a la casa de Israel. El Tratado Pesajim 87b dice:

 

Dijo Rabí Eleazar: “El Santo, Bendito Sea, no dispersó a (la casa de) Israel entre las naciones, sino para que se sumen a ella gentiles.”

 

Este pasaje del Talmud enseña que la casa de Israel tiene por misión sumar a ella gentiles y que, en la restauración final, estos pasarán a formar parte del pueblo de Israel. A su vez, la casa de Judá tiene como misión buscar la casa de Israel. En el Midrash Shimoni, en una interpretación sobre Deuteronomio 29, está escrito que Israel no será redimido hasta conformar una unidad, como se dijo en Jer. 3, 18: “(En aquellos tiempos) irán de la casa de Judá a la casa de Israel, y vendrán juntos de la tierra del norte a la tierra que hice heredar a vuestros padres”.

En resumen, la casa de Judá tiene la vital misión (aunque no la única) de buscar y salvar a la casa de Israel y, a su vez, uno de los principales objetivos de la casa de Israel es agregar gentiles al pueblo de D”s. En esta misión, están absolutamente de acuerdo el NT y la tradición judía. Ya se profundizará en este asunto.

Ciertamente, se insiste, los judíos no forman parte de las ovejas de Jesús, ya que no son ovejas perdidas; por el contrario, constituyen el marco de referencia hacia donde las ovejas deben mirar. La tajante afirmación de Juan no deja lugar a dudas:

 

[…] nosotros [dice Jesús] adoramos lo que sabemos, porque la salvación está en los judíos. (Jn. 4, 22).

 

De este modo, existirían para Jesús cuatro grupos humanos bien definidos en su origen y en su destino:

  1. La casa de Judá, es decir, “las ovejas no perdidas”, que no pertenecen a su redil
  2. Las diez tribus perdidas, o sea, “las ovejas perdidas de la casa de Israel”;
  3. Los gentiles, “las ovejas que no son de su redil” pero que también conviene traer, ya que sí oirán su voz; en última instancia, aunque sean de otro redil, diferente del de la casa de Israel, también le pertenecen;
  4. Todos aquellos que no compartirán el destino final del pueblo de Israel, a los que Jesús califica de modo muy peculiar llamándolos “perros” (Flp. 3, 2; Ap. 22, 13-14) o “cerdos” (Mt. 7, 6) y, en forma genérica, con el nombre de “cabritos”, cuyo destino en el fin de los días está anunciado muy claramente en el Evangelio de Mateo:

 

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: “venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. […] Entonces dirá también a los de la izquierda: “apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”                              (Mt. 25, 31-34; 41).

 

Es interesante destacar que los diferentes grupos que formarán parte del Pueblo de Israel de los Últimos Días son denominados “ovejas”, mientras que los que quedarán fuera, cuyo destino en el fin de los días es el infierno, son llamados “cabritos”.

El NT no deja ninguna duda acerca de la Humanidad dividida en dos categorías irreconciliables[10], denominadas “ovejas” y “cabritos”. Más aún, el reino destinado para heredad de las ovejas ha sido preparado para ellas desde la fundación del mundo. Por su parte, el resto de las naciones (los “cabritos”) está destinado a ser apartado de Dios y conducido “al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”.

Existe otro grupo, que forma parte de los “cabritos”, sumamente importante en el proceso de redención y que la tradición judía considera extremadamente peligroso: es la denominada “multitud mixta” o, en hebreo, erev rav. Constituye uno de los peores enemigos del proyecto divino de redención y se encuentra dentro de Israel, o sea, entre las “ovejas”. Este tema será tratado con exhaustividad en el capítulo “El erev rav o multitud mixta en el Nuevo Testamento”.

En resumen, puede afirmarse que:

  1. Las doce tribus conforman el centro del plan de redención divino.
  2. La salvación de aquella parte de la humanidad que no es Israel y que será también redimida pasa, necesariamente, por la reunificación de las doce tribus de Israel.

 

Debe quedar bien claro que la restauración del Reino a Israel (la casa de Judá y la casa de Israel, en otras palabras, las doce tribus) deberá ser tanto física como espiritual, ya que el Reino fue quebrantado en lo físico y en lo espiritual. Una restauración solamente espiritual sería parcial o, más claramente, una no-restauración.

Asimismo, se debe prestar atención a que sustitución no es, de manera alguna, restauración. El NT no deja de recordarnos al respecto:

 

Entonces los que se habían reunido (los apóstoles) le preguntaron, diciendo: “Señor, ¿restaurarás el Reino a Israel en este tiempo?”. Y les dijo: “No os toca a vosotros saber el tiempo o las sazones que el Padre puso en su sola potestad”. (Hch. 1, 6-7) [La negrita es del autor].

 

Con respecto a los gentiles que se integrarán a Israel, no hay palabra más autorizada que la del apóstol Pablo, en el pasaje de Romanos 11, tan citado por la Iglesia en sus documentos referidos a los judíos desde el Concilio Vaticano II:

 

Porque a vosotros hablo, gentiles. Por cuanto soy apóstol, a los gentiles honro mi ministerio […] Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas y has sido participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien, por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira pues la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. Y aun ellos, si no permanecieran en la incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más estos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo? Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo […] Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. (Ro. 11, 13; 16-26; 29) [La negrita es del autor]

 

No es este el único texto en el cual el pueblo de Israel es comparado con un árbol,[11] imagen de fuerte simbología. Dentro de esta concepción, el judaísmo es considerado la raíz santa, teniendo en cuenta que la raíz constituye el origen y el sostén para el árbol. Las ramas desgajadas por su incredulidad representan la casa de Israel como las diez tribus perdidas que Jesús vino a salvar, mientras que las ramas injertadas del olivo silvestre corresponden a los gentiles; consecuentemente, las ramas que permanecen en el árbol pertenecen a la casa de Judá, o sea, a los judíos.

Resulta de vital importancia reconocer que no existen redenciones parciales: o se salvan todas las partes del pueblo o no se salva ninguna. Para lograr la redención ambas deberán colaborar en el plan divino de redención de manera mancomunada y consciente, esforzándose espiritual (Ef. 6, 10-17) y físicamente (Lc. 12, 49-51) en rechazar los enemigos internos y externos que se oponen a la restauración de todas las cosas en D”s, es decir, a la redención de Israel y del mundo entero. Esto significa constituirse en un pueblo unificado bajo la soberanía del único D”s en la tierra prometida, la Tierra de Israel. Solamente Israel redimido podrá redimir a la humanidad entera.

El profeta Jeremías anuncia:

 

En aquellos tiempos irán de la casa de Judá a la casa de Israel, y vendrán juntamente de la tierra del norte, a la tierra que hice heredar a vuestros padres. (Jer. 3, 18)

 

De lo expuesto hasta aquí, se deduce que la salvación de los gentiles depende de la de todo Israel, es decir, de la unificación de las doce tribus en sus dos casas: Judá e Israel. Sólo en esta circunstancia los gentiles podrán ser “coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio”. (Ef. 3, 6)

A pesar de las limitaciones de este capítulo, se presentará un ejemplo más que refuerce el análisis realizado sobre Romanos 11. Para ello, se recurrirá a la Epístola de Pablo a los Efesios, donde se lee:

 

Por tanto, acordaos que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisos por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora, en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades de la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. (Ef. 2, 11-16) [La negrita es del autor]

 

Podemos pensar que, en este texto, Pablo recapitula lo escrito en Ro. 11, 13-29. Cabe postular que, cuando habla de los gentiles “en cuanto a la carne”, está refiriéndose a la casa de Israel, que se hallaba completamente asimilada a los gentiles y había perdido la circuncisión; sin embargo, sigue conservando la simiente de Israel, o sea, el espíritu de Israel. Por eso Pablo subraya que son gentiles únicamente “en cuanto a la carne”, ya que un gentil que nunca perteneció a Israel es gentil no sólo en cuanto a la carne sino también en espíritu. A continuación, el texto señala que estos “gentiles en cuanto a la carne” estaban “alejados de la ciudadanía de Israel”. Esto refuerza la hipótesis de que se está refiriendo a las diez tribus perdidas, puesto que a los gentiles que no pertenecen a Israel no se los puede llamar “alejados”; simplemente, nunca han podido alejarse de algo a lo que nunca pertenecieron.

Volvemos aquí a la misión principal de Jesús, que consiste en buscar y salvar las ovejas perdidas de la casa de Israel y traerlas de nuevo al seno de Israel. Para ello, es necesario encontrarlas y ofrecerles el camino de salvación, no sólo por medio de la fe sino también “derribando la pared intermedia de separación”, es decir, unificando la casa de Israel con la casa de Judá. Ello de ninguna manera implica que alguna de las dos partes deba renunciar a la esencia de su religión, o sea, a sus propios caminos de salvación. Unión, en este caso, no significa en lo más mínimo sincretismo, sino comprender el rol de cada parte del pueblo de Israel en el plan de salvación de D”s y, en la práctica, trabajar mancomunadamente en el proceso de redención de Israel y de la humanidad toda. Sólo con la reunión de las doce tribus en sus dos casas los gentiles que nunca han pertenecido al pueblo de Israel y que han aceptado el llamado de Jesús serán incorporados a él, como Pablo lo explica en Ef. 3, 6. Cuando todo esto ocurra, el Verus Israel será una realidad.

Teniendo en consideración este análisis, la Iglesia Católica debería renunciar a su rol de exclusividad sobre el Verus Israel, tal como lo expresa en la Declaración Nostra Aetate (“Y si bien la Iglesia es el nuevo pueblo de D”s, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de D”s y malditos, como si esto se dedujera de las SE”) y realizar los cambios pertinentes en relación con este tema. Los judíos, por su parte, deberían tomar una conciencia más plena de que la redención de Israel no está relacionada en exclusiva con el pueblo judío, sino que incluye, como condición sine qua non, la reunificación con la casa de Israel, más los gentiles que se le agreguen. Existen en la literatura rabínica muchas fuentes que nos orientan en esta dirección.

 


[1]  Bajraj, Zvi. Antisemitismo moderno. Sifriat Universita Meshuderet. Ed. Misrad HaBitajon. Israel. 1979 (en hebreo), págs. 12-13.

[2]  Isaac, Jules. Jesus and Israel. New York. 1971. Del original francés, 1946. Jules Isaac es un historiador judío-francés (1887-1963); intervino en la decisión del Papa Pío XII en revisar la oración del Viernes Santo, que contenía referencias ofensivas para los judíos. Junto con el Cardenal Bea y el Papa Juan XXIII, fueron los precursores de la Declaración Nostra Aetate.

[3]  Pawlikovsky, John T. La cristología después del Holocausto. Theology Digest (Saint Louis University), vol. 47, Núm. 1, primavera de 2000.

[4]  Etchegaray, Roger, Cardenal. “¿El cristianismo tiene necesidad del judaísmo?”. Conferencia pronunciada el 8 de septiembre de 1997 en un coloquio organizado por el International Council of Christians and Jews.

[5]  No es casual que el Himno Nacional del Estado de Israel, escrito a principios del siglo XX por el militante sionista Naftali Hertz Imbar (1856–1909), se titule justamente “La Esperanza”, en hebreo “Hatikva”, y que todo el texto gire alrededor de este concepto.

[6]  Véanse la Declaración Nostra Aetate, cap. 4, y las expresiones del Papa Juan Pablo II, entre otras.

[7]  Prof. Fray Marcel Dubois O.P. fue profesor de filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalem.

[8]  Pawlikovsky, J. T., op. cit.

[9]  El “hábitat” de la humanidad redimida a través de la Iglesia consistiría en una “ecología” puramente espiritual y no terrenal (la Jerusalem celeste, el Reino de los Cielos, etc.), como si esta esperanza no existiera para los judíos.

[10]  A nivel grupal, no así a nivel individual.

[11]  Véase, por ej., Ez. 37, 16-19.

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