Cardenal Walter Kasper

CONSEJO INTERNACIONAL DE CRISTIANOS Y JUDÍOS
Montevideo, Uruguay, 8 de julio de 2001

El compromiso espiritual y ético
en el diálogo judeo-cristiano

Me siento muy honrado por tener la oportunidad de ofrecer algunas reflexiones sobre el compromiso espiritual y ético de nuestro diálogo judeo-cristiano ante este “Consejo Internacional de Cristianos y Judíos”, y especialmente por hacerlo en la celebración del 80º cumpleaños de su patrocinador, Sir Sigmund Sternberg. Sean mis reflexiones una expresión de mi profundo aprecio por su extraordinaria, y por cierto histórica contribución para promover el entendimiento y la cooperación entre cristianos, judíos y musulmanes. Sir Sigmund Sternberg es un ejemplo vivo y un modelo inspirador del compromiso espiritual y ético del diálogo judeo-cristiano, que debemos continuar en honor de este nuevo, y esperemos que mejor, siglo que iniciamos este año.

I

Permítanme empezar con una historia reciente. Tuve la suerte de acompañar al Santo Padre en su reciente viaje a Ucrania. La mayor parte de la visita estuvo dedicada a la atención de los católicos romanos ucranianos y los católicos de rito oriental, aunque se empleó también una buena parte del tiempo en salvar la brecha entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Pero en interés de la reconciliación judeo-cristiana, el Santo Padre pudo reservar un momento para visitar Babi Yar, escenario de la masacre de 100.000 judíos llevada a cabo en unos pocos días en septiembre de 1941. Allí se prosternó silenciosamente en oración y recitó el salmo De profundis: “Desde lo más profundo grito a ti, oh, Señor. ¡Señor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!” (Sal 130, 1-2). Fue un momento de intensa emoción.

Comienzo mi discurso con este relato para asegurarle a la comunidad judía que la Iglesia Católica no olvidará la Shoah, ni olvidará tampoco el dolor infligido a los judíos, a menudo por cristianos, a través de los siglos, ni apoyaremos jamás en forma alguna el mal del antisemitismo. Por eso, repito las palabras del Concilio Vaticano II en la Declaración de 1965 Nostra Aetate, que sigue siendo para nosotros la base y la brújula de nuestras relaciones: “La Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

Esta Declaración no se originó en consideraciones políticas. Nuestro motivo no es político: es teológico y es ético. Se inspira en razones de justicia y de verdad revelada.

De justicia, porque toda forma de discriminación y difamación es contraria al respeto por la dignidad humana. En su mensaje en la celebración de la Jornada Mundial por la Paz 1999, el papa Juan Pablo II sostuvo que el respeto por la dignidad humana y los derechos humanos es el secreto de una verdadera paz: “Cuando la promoción de la dignidad de la persona es el principio conductor que nos inspira, cuando la búsqueda del bien común es el compromiso predominante, entonces es cuando se ponen fundamentos sólidos y duraderos a la edificación de la paz”, escribió. Y prosigue: “La historia contemporánea ha puesto de relieve de manera trágica el peligro que comporta el olvido de la verdad sobre la persona humana. Están a la vista los frutos de ideologías como el marxismo, el nazismo y el fascismo, así como también los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y del particularismo étnico… Es preciso reafirmar que ninguna ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su origen, su modalidad o el lugar en que sucede”.

En un párrafo posterior, vuelve a este punto, afirmando: “Una de las formas más dramáticas de discriminación consiste en negar a grupos étnicos y minorías nacionales el derecho fundamental a existir como tales. Esto ocurre cuando se intenta su supresión o deportación, o también cuando se pretende debilitar su identidad étnica hasta hacerlos irreconocibles. ¿Se puede permanecer en silencio ante crímenes tan graves contra la humanidad? Ningún esfuerzo ha de ser considerado excesivo cuando se trata de poner término a semejantes aberraciones, indignas de la persona humana”.

En su mensaje de la Jornada Mundial por la Paz 2001, el papa hace una propuesta para oponerse a la discriminación y la difamación. Su tesis es: “Diálogo entre culturas para una civilización de amor y paz”. “Por eso –escribe–, me ha parecido urgente invitar a los creyentes en Cristo, y con ellos a todos los hombres de buena voluntad, a reflexionar sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos, indicando así el camino necesario para la construcción de un mundo reconciliado, capaz de mirar con serenidad al propio futuro. Se trata de un tema decisivo para las perspectivas de la paz”.

El respeto por la dignidad humana y los derechos humanos es fundamental para todas las relaciones humanas y para la paz en el mundo. Pero en cuanto a la relación entre judíos y cristianos, hay un argumento más que podría analizarse para enfrentar y rechazar la discriminación y la difamación. La condena del Concilio a toda forma de antisemitismo está inspirada en la revelación de Dios y es atestiguada por la propia Biblia. De acuerdo con el testimonio bíblico, Abraham es nuestro padre común en la fe. Judíos y cristianos somos hijos de Abraham.

Un grupo de más de 300 rabinos y estudiosos judíos de diversas denominaciones ha publicado la notable declaración común Dabru Emet, que dice: “Los judíos y los cristianos adoran al mismo Dios. Antes del surgimiento del cristianismo, los judíos eran los únicos que adoraban al Dios de Israel. Pero los cristianos también adoran al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el creador del Cielo y de la Tierra. Aunque el culto cristiano no es una opción religiosa viable para los judíos, como teólogos judíos nos alegramos de que, por medio del cristianismo, cientos de millones de personas hayan entrado en relación con el Dios de Israel”. Más adelante, los autores de esa declaración afirman: “Los judíos y los cristianos se remiten a la autoridad del mismo libro: la Biblia (que los judíos llaman “Tanakh” y los cristianos, “Antiguo Testamento”)”.

Esta amplia base común es fundamental para la especificidad del diálogo entre judíos y cristianos. El cardenal Joseph Ratzinger escribió en un artículo publicado en L’Osservatore Romano (29 de diciembre de 2000), con el título “La herencia de Abraham”: “Es evidente que el diálogo de nosotros, los cristianos, con los judíos está en un nivel diferente que el que mantenemos con otras religiones. La fe atestiguada en la Biblia de los judíos, el Antiguo Testamento de los cristianos, no es para nosotros una religión diferente, sino la base de nuestra propia fe”.

Y la Declaración Conciliar Nostra Aetate declaraba: “(La Iglesia no puede olvidar) que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles”. Siguiendo con este tema, Nostra Aetate afirma: “Según el apóstol Pablo, los judíos siguen siendo muy amados por Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. (…) No puede imputarse ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían (en tiempos de la muerte de Jesús), ni a los judíos de hoy, de lo que se hizo en su pasión… No se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras”. Estas afirmaciones de 1965 constituyen la enseñanza obligatoria de la Iglesia Católica; y siguen siendo válidas más de treinta y cinco años después. Sientan las bases del compromiso espiritual y ético del diálogo judeo-cristiano.

II

Con esta Declaración, el Concilio Vaticano II abría la puerta para una reevaluación del papel del judaísmo en el plan de salvación de Dios pasado y presente, y para la exploración de la vinculación especial entre el judaísmo y el cristianismo.

Permítanme recordar algunos pasos de esta reevaluación. El trabajo de Nostra Aetate prosiguió cuando la Santa Sede estableció una Oficina de Relaciones Católico-Judías en 1967, y finalmente una Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo en 1974, dentro del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

En 1974, esta Comisión publicó las Orientaciones y Sugerencias para implementar Nostra Aetate. Dice: “Los vínculos y las relaciones obligan a un mejor entendimiento mutuo y una mutua estima renovada”. Más adelante, las Orientaciones aclaran: “Por lo tanto, los cristianos deben esforzarse por adquirir un conocimiento más profundo de los componentes fundamentales de la tradición religiosa del judaísmo; deben esforzarse por aprender con qué rasgos esenciales se definen a sí mismos los judíos a la luz de su propia experiencia religiosa”.

Las Orientaciones establecieron las bases para el diálogo con el judaísmo: “El diálogo presupone que cada una de las partes desea conocer a la otra, y desea incrementar y profundizar su conocimiento de la otra. Constituye un medio particularmente conveniente para favorecer un mejor conocimiento mutuo y, especialmente en el caso del diálogo entre los judíos y los cristianos, de sondear las riquezas de la propia tradición. El diálogo exige respeto por el otro tal como es; sobre todo, respeto por su fe y sus convicciones religiosas”.

Las Orientaciones también presentaron algunas áreas en las que el diálogo tendría un papel apropiado: en el estudio de la liturgia, en la formación del laicado y el clero, y en una acción social conjunta.

Once años después, en 1985, la Comisión publicó las Notas para una correcta presentación de los judíos y el judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Católica. Aquí se ve una preocupación por no presentar en la enseñanza católica al judaísmo meramente como una realidad histórica que ha sido suplantada. Se refiere a “la realidad permanente del pueblo judío… el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca ha sido revocada…, como una realidad viviente estrechamente vinculada a la Iglesia”.

La reivindicación del diálogo dio muchos frutos. En las últimas décadas, el diálogo se desarrolló en varios niveles: nacional e internacional, popular y académico, educativo y político. Mientras que los Padres de la Iglesia escribían Tractatus contra Judaeos, muchos de los teólogos de hoy escriben Tractatus de Judaeos en el sentido de Tractatus pro Judaeos. A lo largo de casi dos milenios, los cristianos tendieron a caracterizar al judaísmo como una religión fallida, o, en el mejor de los casos, una religión que preparó el camino para el cristianismo, y fue completada por él. Ahora nosotros somos conscientes de la alianza no revocada de Dios con su pueblo y del significado permanente y verdaderamente salvífico de la religión judía para sus creyentes.

Estas pocas citas demuestran que el diálogo es mucho más que información mutua y comunicación objetiva. Pensadores judíos como Martin Buber, nos han enseñado que el diálogo tiene un significado profundamente existencial, espiritual y ético. En su ya citado mensaje sobre el diálogo entre culturas, el papa Juan Pablo II escribe:

“Los individuos llegan a la madurez a través de una apertura receptiva hacia otros y entregándose generosamente a ellos; así ocurre también con las culturas. Creadas por las personas y al servicio de las personas, deben ser perfeccionadas por medio del diálogo y la comunión, sobre la base de la unidad original y fundamental de la familia humana… En esta perspectiva, el diálogo entre culturas… emerge como una demanda intrínseca de la misma naturaleza humana, al igual que de la cultura. El diálogo protege lo distintivo de las culturas como expresiones históricas y creativas de la básica unidad de la familia humana, y favorece la comprensión y la comunión entre ellas”.

Esta clase de diálogo, como afirma el papa, “nunca implica una tediosa uniformidad ni impone una homogeneización o asimilación; más bien expresa la convergencia de una variedad multiforme, y constituye por lo tanto un signo de riqueza y una promesa de crecimiento”.

Con el Concilio Vaticano II, podemos agregar que incluso la revelación bíblica tiene una estructura dialógica en la que Dios se dirige a los hombres como sus amigos (Constitución Dogmática Dei Verbum, 2). En su revelación, Dios nos toma en serio, se ocupa de nosotros, se vuelve hacia nosotros y se comunica con nosotros. La estructura dialógica de la revelación es la base más hondamente espiritual del diálogo interhumano, del respeto interhumano y la solidaridad.

En lugar de las anteriores disputas infructuosas, que intentaban rechazar al otro, hoy nos encontramos en diálogos que aceptan y respetan al otro como un socio con iguales derechos. Comenzamos con lo que tenemos en común, y sobre esa base común, tratamos de entender mejor y más profundamente nuestras diferencias. En el diálogo queremos ver nuestras respectivas tradiciones con los ojos del otro, y así el diálogo debe llevarnos a transformar nuestras respectivas enseñanzas del desprecio en enseñanzas de mutuo respeto y aprecio. Esto no significa un diálogo a cualquier precio, que pase por alto o subestime las diferencias que existen entre nosotros, diferencias que muchas veces son decisivas para nuestras respectivas identidades. Un diálogo desvaído de esta naturaleza no tomaría en serio nuestra propia posición ni la convicción de nuestro interlocutor. El verdadero diálogo –y aquí vuelvo a citar a un pensador judío, Emmanuel Levinas–, el verdadero diálogo respeta al otro en su alteridad.

No estamos en el final, sino todavía en los comienzos de esta clase de diálogo, y me atrevería a decir que nunca estaremos en el final de esta clase de diálogo; este diálogo continuará, y debe continuar, y nos unirá para siempre.

III

El impulso espiritual y ético más importante para el nuevo diálogo y para el cambio revolucionario en las relaciones entre judíos y cristianos fue el horror del Holocausto. Indudablemente, el más importante, aunque algo controvertido, fruto del diálogo fue la promulgación de Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah, publicado por la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo en marzo de 1998. Antes hubo otros documentos sobre ese oscuro y doloroso capítulo, publicados por Conferencias Episcopales nacionales, como la francesa, la alemana, y otras. Pero este fue el primer documento universal de la Iglesia Católica dedicado a recordar la particularidad del sufrimiento judío en el Holocausto y la seriedad con la que todos los católicos deben considerar el hecho de que el mal de la Shoah haya sido posible en países cristianos.

Las instituciones y organizaciones judías recibieron esta declaración con beneplácito, aunque esperaban más, y aunque criticaron algunas afirmaciones de naturaleza histórica y teológica. Creo que este no es el lugar para entrar nuevamente en esa discusión. Mi predecesor, el cardenal Edward Cassidy, trató de explicarles algunos puntos dolorosos, y yo estoy completamente de acuerdo con lo que dijo, especialmente con su afirmación de que esta es la primera palabra sobre este tema, pero no la última.

Sin embargo, el título de la Declaración es importante: “Nosotros recordamos”. No podemos olvidar ni lo haremos; porque el olvido provocaría una nueva injusticia a las víctimas de esa atrocidad sin precedentes que clama al cielo. El recuerdo de esa pasión del siglo XX debe ser preservado en el estricto sentido bíblico y teológico de zikkaron, anamnesis, memoria. Una famosa, aunque muy discutida, frase de los Hassidim dice: “El olvido lleva al exilio, la memoria es el misterio de la salvación”. De modo que la memoria toca la profundidad de nuestra fe, como judíos y cristianos, y de nuestra respectiva comprensión del término teshuva (conversión, reconciliación, perdón). El recuerdo de la tragedia del Holocausto puede llevarnos al recuerdo de nuestras más profundas raíces espirituales y éticas.

¿Cómo podría nadie pretender decir la última palabra sobre semejante catástrofe humana y cultural, que plantea profundas cuestiones éticas y teológicas, por ejemplo la pregunta de la teodicea: ¿cómo pueden conciliarse esos horrores con la creencia en un Dios justo y misericordioso? ¿Cómo pueden ser aún posibles la plegaria, la fe y la teología después de Auschwitz? La respuesta, que me convence, es esta:

Podemos orar, después de Auschwitz, porque en Auschwitz hubo oración y porque esa oración dentro del mismo Auschwitz ayudó a muchas de las víctimas a preservar la dignidad humana y a vencer espiritual y éticamente a sus torturadores. La Shoah no impide nuestro compromiso ético y espiritual sino que constituye un desafío para él.

IV

Nosotros recordamos no puede ser la última palabra. El mismo papa Juan Pablo II se colocó a la vanguardia del diálogo con los judíos y el judaísmo. Ha sido un ejemplo del progreso en la relación de reconciliación con la comunidad judía. Esta fue creciendo gradualmente hasta su visita a Maguncia, Alemania, el 17 de noviembre de 1980, cuando se refirió a los judíos como “el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca fue revocada”, pero realmente floreció con su histórica visita a la Sinagoga de Roma, el 13 de abril de 1986.

Durante esta visita a la Sinagoga, manifestó: “La religión judía no nos es “extrínseca”, sino que en cierto modo, es “intrínseca” a nuestra religión. Por lo tanto, tenemos con ella relaciones que no tenemos con ninguna otra religión. Ustedes son nuestros hermanos predilectos, y, en cierto modo, se podría decir que son nuestros hermanos mayores”.

El punto culminante de la dedicación del papa al diálogo judeo-católico fue su peregrinación a Tierra Santa, en marzo del año 2000. En Yad Vashem, Jerusalén, el 23 de marzo de 2000, el Santo Padre oró: “En este lugar de solemne evocación, rezo fervientemente para que nuestro dolor por la tragedia que sufrió el pueblo judío en el siglo XX nos lleve a una nueva relación entre cristianos y judíos. Construyamos un nuevo futuro en el que ya no existan sentimientos antijudíos entre los cristianos, ni sentimientos anticristianos entre los judíos, sino el mutuo respeto que se espera de quienes adoramos al único Creador y Señor, y consideramos a Abraham nuestro padre común en la fe. La palabra debe prestar atención a la advertencia que nos llega de parte de las víctimas del Holocausto, y del testimonio de los sobrevivientes. Aquí en Yad Vashem, la memoria vive y arde en nuestras almas. Nos hace gritar: “¡Oigo las calumnias de la turba, terror por todos lados!… Mas yo confío en ti, Señor, me digo: ‘¡Tú eres mi Dios!’” (Sal 31, 13-15)

¿Quién puede olvidar la imagen del papa Juan Pablo II, solo, de pie junto al Muro Occidental del Templo, el Kotel, en Jerusalén, como un peregrino, pidiendo perdón a Dios, con espíritu de arrepentimiento? La plegaria que introdujo en la pared ese día fue la misma que recitó durante la liturgia del Primer Domingo de Cuaresma, el 12 de marzo de 2000, en la basílica de San Pedro: “Dios de nuestros padres, has elegido a Abraham y su descendencia para que tu Nombre fuera llevado a las naciones. Nos entristece profundamente el comportamiento de quienes, en el transcurso de la historia, los han hecho sufrir a ellos, que son tus hijos, y al pedirte perdón, queremos comprometernos a vivir una fraternidad auténtica con el pueblo de la Alianza”.

En Incarnationis Mysterium, Bula de Convocación del Gran Jubileo del Año 2000, el papa escribe sobre una “purificación de la memoria”: “Esta pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos. (…) Por el vínculo que nos une a unos y otros en el Cuerpo Místico, todos nosotros, aun sin tener responsabilidad personal (…) somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido. En este año de misericordia, la Iglesia (…) debe postrarse ante Dios e implorar perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos e hijas” (nº 11). Esta expresión, “pecados de sus hijos e hijas” fue criticada a menudo por no ir bastante lejos y por no incluir inequívocamente a la institución de la Iglesia. Pero los sacerdotes, los obispos y los papas también son hijos de la Iglesia. Ellos también deben rezar todos los días: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Ofrezco este breve resumen como un recordatorio de lo que se ha logrado en el compromiso espiritual y ético de nuestro diálogo. Espero que podamos celebrar juntos esta historia de logros, mientras seguimos trabajando para afianzar los lazos de nuestra amistad.

V

Nuestro diálogo, el diálogo entre judíos y cristianos, no puede ser una isla feliz pero aislada; se desarrolla en el contexto de un mundo que está cambiando a una velocidad pasmosa en todos los órdenes de la vida. Ya no es el mundo que yo viví en mi niñez y juventud, el mundo de la Segunda Guerra Mundial y el período de posguerra. Cada vez que les hablaba a mis estudiantes de ese período, se aburrían, pues sus problemas eran otros, y sabemos que sus problemas son bastante urgentes.

Por cierto, y lo repito, el pasado debe ser recordado, y tenemos que encontrar una manera de conciliar nuestros recuerdos. No debemos ni podemos olvidar los horrores del Holocausto; debemos recordarlos como una advertencia para el futuro. Nuestras dos religiones están orientadas hacia el futuro. Nuestra memoria debe ser memoria futuri. De modo que nuestro diálogo no debería estar orientado sólo al pasado, sino al futuro. Nuestro diálogo debería convertirse cada vez más en una contribución para la solución de los problemas y desafíos espirituales y éticos actuales y futuros. Nuestro mundo llamado posmoderno necesita nuestro testimonio común. En esta situación, judíos y cristianos no pueden ya ser enemigos: deben convertirse en aliados.

Como judíos y cristianos, tenemos tantos valores en común, valores de los que carece nuestro mundo, tan a menudo desorientado, valores que se necesitan urgentemente para construir un mundo nuevo y mejor. No olvidemos, pues, nuestra historia que muchas veces fue mala y triste, pero aprendamos de ella y compartamos lo que aprendimos con nuestra generación joven.

En este sentido, querría volver a citar la Declaración Dabru Emet, que afirma: “Los judíos y los cristianos aceptan los principios morales de la Torah. En el centro de los principios morales de la Torah está la inalienable santidad y dignidad de todos los seres humanos. Todos nosotros fuimos creados a imagen de Dios. Este énfasis moral compartido puede ser la base de un mejoramiento de la relación entre nuestras dos comunidades. También puede ser la base de un vigoroso testimonio para toda la humanidad con el fin de mejorar la vida de nuestros semejantes y resistir frente a las inmoralidades y las idolatrías que nos dañan y nos degradan. Este testimonio es especialmente necesario después de los horrores sin precedentes del siglo veinte”.

“Judíos y cristianos deben trabajar juntos por la justicia y la paz. Los judíos y los cristianos reconocen, cada uno a su manera, que la situación de no-redención del mundo se refleja en la persistencia de la persecución, la pobreza, la degradación humana y la miseria. Aun cuando la justicia y la paz pertenecen en última instancia a Dios, nuestros esfuerzos conjuntos, unidos a los de otras comunidades de fe, contribuirán a instaurar el Reino de Dios (como teólogo cristiano prefiero decir: las primicias del Reino de Dios) que esperamos y anhelamos. Por separado y en conjunto, debemos trabajar para instaurar la justicia y la paz en nuestro mundo. En esta empresa, somos guiados por la visión de los profetas de Israel.”

Podría seguir con una larga lista de problemas comunes urgentes. En nuestro mundo secularizado y a menudo cínico, tenemos que dar testimonio de la santidad del nombre de Dios como protección para la santidad de la vida humana, que es creada según la propia imagen de Dios. Judíos y cristianos pueden cooperar en la defensa de la vida, de los que están por nacer y los vivos, y todo el contexto de la bioética de la familia, de la solidaridad, el perdón y la reconciliación. Como los judíos y los cristianos ven el mundo como creación de Dios, pueden trabajar juntos contra la destrucción del medio ambiente y por la preservación de la creación. En estos días, la alianza entre judíos, cristianos y musulmanes es necesaria en un grado extraordinario, y me refiero aquí a las tensiones, al círculo de violencia en el Medio Oriente, al círculo de violencia y contraviolencia que causa muertes de tanta gente inocente en ambos lados, que causa temor, dolor y desesperación. En esta situación que amenaza la paz mucho más allá del Medio Oriente, nosotros, judíos y cristianos, debemos elevar nuestras voces por la sensatez, la reconciliación y la paz. Debemos condenar la retórica provocadora, la venganza y la violencia de ambas partes. Expresamos simpatía y empatía por la pérdida de vidas en ambas partes. Apelamos a los líderes políticos de ambas partes del conflicto para que retornen a la senda de la paz a través del proceso de paz. Y este proceso de paz comienza con el respeto por la vida de cada uno de los miembros de ambos pueblos. Que Jerusalén, con los Santos Lugares sea una ciudad de paz para judíos, musulmanes y cristianos.

VI

Para resumir, querría hacer dos observaciones.

Primero: nuestro diálogo necesita ser intensificado; necesita descubrir su verdadera profundidad existencial y religiosa. No nos encontramos como cualquier otra comunidad, ni como grupos de presión políticos o económicos. Cada uno de nosotros puede tener su interés político o económico personal, podemos tener nuestra propia agenda política. Pero no es la agenda que tenemos aquí; no es nuestra preocupación aquí. No nos encontramos como otras clases de grupos: nos encontramos y dialogamos como comunidades de fe. Tenemos que fomentar nuestras relaciones religiosas y promover lo que constituye la verdadera identidad espiritual y política de nuestras dos comunidades.

Segundo: Nuestras identidades éticas y espirituales implican nuestra preocupación por los presupuestos éticos y espirituales y la orientación general de la política, nuestro compromiso por los derechos humanos, la justicia y la paz. De modo que no dialogamos sólo por nosotros. Debemos hacerlo no solamente por nosotros, sino por la promoción de nuestro mundo, en favor de un mundo mejor, y como una responsabilidad hacia nuestros jóvenes y sus esperanzas. No podemos perder el tiempo en peleas públicas inútiles, superficiales, claramente autopromocionantes. Compartimos un rico patrimonio espiritual y ético común; tenemos la responsabilidad común de transmitirlo a las próximas generaciones y que dé frutos para un mundo mejor de justicia y paz. Nos espera, ciertamente, una tarea sagrada.

Juntos debemos dar testimonio de lo que nos enseñaron los profetas de Israel:

“Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua.” (Is 32, 16 ss.)

Gracias.

(Traducción del inglés: Silvia Kot)

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